Mi abuela solìa decir que durante el tiempo que vivió con su marido nunca le había visto el cuerpo completo. Decía esto con un dejo de orgullo, de placer en su rostro, pero cuando nosotras, sus cuatro nietas, queríamos ir más allá, se reía y nos mandaba a la alacena a que comieramos un poco de piloncillo.
Se nos olvidó durante muchos años. Crecimos y la abuela con sus ojos nostálgicos nos miraba por el espejo. -No se afeiten tanto, sí el secreto del amor no está en la carne, está en la imaginación. Así se soltaba y nos murmuraba oraciones en el oído que de tanto escucharlas sonaban conocidas.
Las èpocas cambian, pero los amantes siguen siendo los mismos, comenzaba cuando su boca quería hablar; las pieles se marchcitan pero los recuerdos se mantienen a un palmo de los ojos, cerquita de las manos y permanentemente en la nariz. Incluso si se mira a otros hombres, el olor del primero se pegará a una con el sudor que diario te moja el pecho.
Con el tiempo las historias se olvidaron y nosotras nos fuimos a vivir a otros lugares. Mis hermanas, buscaron pronto el calor de sus maridos y de vez en cuando sus ojos me decían que no habían encontrado al hombre que con su aliento se volviera necesario; ellas seguían oliendo a solteras aun cuando alguien caminara a su lado.
Tiempo después nadando en un río, conocí a quien me habría de tocar el cuerpo por primera vez. Las caricias fueron cortas y voluptuosas, la piel se me resbalaba y entre el desencanto sólo sentí algo duro entre las piernas. Sin más que mi ropa, corrí hasta mi casa. Por más que busqué, el sudor no lo encontré nunca.
Esperé unos días para ir a ver a mi abuela. Llegué a su casa, que de tan vieja se estaba cayendo. La encontré sentada; cuidando las hojas de la bugambilia que se caía de flores. Su boca desdentada me sonrió, pero sus ojos azules, brillaron con tanta luz que creí que el tiempo no había pasado y que el café con leche y pan me estaría esperando en la cocina. -Te tardaste, he aguardado por ti durante varios años. Me dijo eso y me ordenó ir por un pedazo de piloncillo.
Le conté mi mal de amores y ota vez, con su boca desdentada volvió a sonreir. Caminamos durante largo en silencio por el jardín que de niña se me antojaba pequeño. Recorrimos sus pasadizos empedrados, los largos corredores, las macetas con las jaulas de los pájaros encima. Después me condujo al cuarto de herramientas de mi abuelo, en donde él transcurría horas enteras pensando qué le tenía preparada su mujer para la noche siguiente.
-Nunca le vi el cuerpo hasta que se murió. Dijo de pronto y me guió hasta su cuarto de casada.
Las cosas seguían intactas, como yo las recordaba. La cama de latón con las colchas y sábanas bordadas a mano. Los cojines con encajes amarillentos por el paso del tiempo y las botas de mi abuelo, su marido, a un lado del buro. Dos retratos de ambos en la pared principal con la sonrisa de èl y los grandes ojos azules de ella palpitando sobre el flash.
De pronto el viejo armario se abrió bajo el forcejeo de sus manos viejas. Mi vista giró y me encontré, mirando con ella su vestido blanco de novia.
-Lo he guardado durante tanto tiempo que me asusta que con el aire se rompa en pedazos.
Se sentó en la orilla de la cama y lo acarició hasta que volvió a reparar en mí, que todavía tenía un trozo del dulce en los dedos. Su voz se alzó con tal fuerza que todo el cuarto se estremeció.
-Nunca le vi el cuerpo completo, ni él me lo vio a mí. Cada noche, desde la primera, yo lo esperaba con el vestido de novia y un piloncillo en la boca. Él daba tres toques en la puert y yo me apresuraba a quitarme los zapatos y esconderme tras la ventana. Jugábamos a adivinarnos los sexos con los labios bajo la ropa mientras la miel se deshacía sobre nuestra piel. Yo buscaba mirarlo a los ojos y tocarle todo lo que provocara sus gemidos. Cada noche era distinto, la ropa nos evitaba el tedio de conocernos desnudos y no tener nada después qué imaginar; el misterio nos hacía que nos descubrieramos diario una piel nueva y la miel me ayudaba a que su sudor se me pegara en el alma.
Le di un beso en la frente y sus ojos azules volvieron a brillar; salí de la vieja casa y alcancé a oir su voz que gritaba:
-Si hubiera sabido a ciencia cierta lo que tenía bajo los pantalones, ya no tendria piloncillo en mi alacena.
REY
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