Debió comenzar a envejecer a los 35 o 40 años, pues yo la recuerdo de siempre con el cabello rizado pintado de color café un poco más subido del que seguro fue su color original. Siempre me dio una sensación de indefensión. Su rostro lo rememoro de niña, con algunas arrugas encima pese a que no era tan avanzada su edad.
Sus males, innumerables ya para esos años, amarraban bajo una especie de chantaje sutil, mis rebeliones y mis incipientes ganas de conocer nuevos mundos. Su insistencia con la muerte me tenía presa. Me martirizaba el alma pensando que por mi causa podría dejar de vivir y que tendría, al igual que mis hermanos en su momento, que cargar con el peso de haber sido los causantes por ser el origen de sus enojos.
Aunque podríamos en descargo alegar que nuestros actos no siempre merecían tan exacerbadas actitudes, en las que el regaño devenía en un llanto incontrolable con sollozos hipientos que desesperaban al más ecuánime. Hay que reconocer que funcionaban. Siempre pedíamos perdón y buscabamos por todos los medios de que el castigo nos eximiera de uno mayor en el que el buen dios se enterara y nos quitara los privilegios en la tierra.
Ante eso también habría que hacer ciertas acotaciones. Una de ellas es que pese a no ser una familia exagerada en sus creencia, mis abuelos habían heredado en cada uno de mis padres un temor a Dios, que de pronto utilizaban en detrimento de nuestras acciones. Que si las señoritas decentes no hacen esto, o aquello. Que si un buen hombre es responsable o bien portado. Que si el omnipresente todo lo veía, y que a ellos podríamos engañarlos, pero Él todo lo registraba en una especie de lista, que yo me fui formulando a lo largo de mi vida.
No era fácil crecer con ello.
Su cuerpo, recuerdo bien, no era como el de esas señoras modernas que se esmeran por parecer más jóvenes de lo que realmente son. Que van al gimnasio y hacen dietas mortales con tal de portar pantalones de mezclilla y blusas exageradamente apretadas. No, ella era en esa época, finales de los 70 y con 7 hijos crecidos ya, más bien rolliza. De altura apenas rebasando la media, se enfundaba en apretadas medias que usaba siempre, hubiera calor o frío, o lluvia o sequedad absoluta. Las traía con zapatos pequeños, siempre del tres o tres y medio, o con sandalias. Nunca tenis. Sus piernas perfectas y sólo aquejadas por unas ya manifiestas várices que la acompañarían por siempre, se dejaban ver de la rodilla para abajo. Con faldas o vestidos demasiado conservadoras, que pese a eso de vez en vez, arrancaban algún piropo.
Su vida transcurría entre nosotros y su cocina. No era usual verla dar un beso de bienvenida o despidiendo a su marido. Yo llegué a pensar que sus caricias estaban reservadas para sus hijos. En mis alteradas disertaciones de niña-adolescente no cabía la idea de que los padres pudieran besarse o tocarse. Nunca lo vi en casa.
Así es que entonces, pues su vida giraba en torno a nosotros, cuatro hombres y tres mujeres. Dándose todo el tiempo, en una entrega en la que parecía que se le iba la vida entera.
Cocinaba de igual manera, preparando arroz, el mejor que seguramente comeríamos a lo largo del camino; enchiladas, moles, caldos, de todos lo tipos y sabores. Cada día puedo decir sin temor a equivocarme que nos resarcía con su comida todo los daños que pudiéramos haber tenido en la calle. Las mujeres en la llegada del trabajo o de la escuela, las más pequeñas, hallaban la comida caliente, lista para servirse. Los hombres sólo se sentaban a la mesa, al igual que el jefe de la familia, que aparecía malhumorado y con la firme convicción de que en la comida sólo había que dar órdenes de cómo sentarse o cómo tomar los cubiertos. El miedo a él siempre estaba presente.
Quizá esa fue la principal razón por la que cultivamos sin darnos cuenta una relación que si bien no alcanzó a ser de amigas ni de cómplices, si nos dejó en claro que una madre de esa época era mejor que las de ahora.
Nos sentábamos por largas horas, después de la comida o la cena, a escuchar sus historias. Mis hermanas, todas mujeres ya, alguna que otra vez le contaban de sus relaciones con los que habrían de ser sus maridos. Con sus reservas claro. No las puedo imaginar narrando como es que el susodicho pasaba su mano por sus pechos o les tocaba en el cine las piernas o cómo los escarceos amorosos hacían temblar sus firmes convicciones religiosas o morales.
Yo siempre preferí escucharla. Me sorprende ahora su paciencia, de darme todos lo detalles de su crecimiento en un pueblo aledaño al DF. Sus carencias, su poca instrucción en una escuela, en donde un maestro, sí, tal cual, pretendía que fuera su esposa, cuando sólo tenía 10 años.
Me gusta recordar aun ahora su voz canturreando canciones viejas mientras lavaba la ropa, cocinaba o se había ido la luz y le insistíamos en que nos cantara alguna letra aprendida por un viejo radio que sólo sintonizaba la am.
La habilidad conversadora no la ha perdido, pero sus males ahora si son verdaderos y el miedo perderla sigue tan intenso a mis 30 años, como cuando tenía siete.
Hoy es miércoles, me toca ir a verla. Encenderé una vela y le contaré todo lo que me ha pasado últimamente, esta vez sin restricciones, sin censura. Aunque apenas me oiga.
REY
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