Últimamente estoy dudando de mi cordura. No es que antes me faltaran razones, ya que he sido un suicida falaz alguna vez y otras más un loco que deambula por las calles hasta la madrugada, intentando buscar una que otra alma para compartir mis intensas disertaciones. No la he encontrado. La tristeza me invade entonces y tengo que regresar a casa tal y como salí, sólo y con un desasosiego que me dura hasta bien entrado el día.
Para calmarlo he optado por el Rivotril. Dos al día y una visita periódica con mi psiquiatra de cabecera está bien. Yo le llamo Freud. El me dice que eso es un escape de mi realidad y una forma presuntosa de demostrarle mi conocimiento sobre el psicoanálisis. Lo cierto es que lo engaño todo el tiempo. Le cuento de mi niñez infeliz y todo eso que descubrí que me hubiera hecho mejor persona. Cumplo eso sí, con la hora pactada. Le pago y salgo de ahí con mi receta y la seguridad de que tendré suficientes pastillas para lo que reste del tiempo en que tengo que volver al maldito sillón.
Mi generación entera es así. Tristes y deprimidos todo el tiempo. Unos se debaten entre el empleo burocrático que consiguieron tras ir en pos de algún funcionario en el que creyeron de manera ciega a sus veinti tantos años y que era de manera irredenta, un mesías en la década de los 90. De él ahora sólo consiguen un sueldillo que medio les alcanza para vivir. Otros emprenden sueños que saben que nunca alcanzaran pero se empecinan bastante como hacerse creer a ellos mismos que lo lograrán.
El viernes pasado me encontré a Alfredo. Habíamos sido grandes amigos en la universidad. Cheleabamos y de vez en cuando él tenía suficiente plata como para invitarme a algún lugar decente a emborracharnos. Yo no trabajaba. Sólo me dejaba llevar y platicabamos largas horas. Su vida marital en ese entoces estaba en boga. Su mujer le preparaba enormes tortas que ambos devorabamos en alguna pradillo de la facultad y supongo que cogían frecuentemente pues su semblante siempre lucía tranquilo. Un chaquetero como yo imaginaba que eso es lo que hacían los matrimonios felices todo el tiempo.
Nos topamos en Reforma y me invitó como es su costumbre. Yo naturalmente le dije que no. Ahora él que pagaría sería yo. Esa era mi manera de demostrarle que no había fracasado. Era el sentimiento general. Era de generación.
Nos sentamos en una mesa de un restaurante con dos mojitos enfrente y al parecer un gran plato de comida cubana. Ahora sí no comí nada. Eso sí, bebí hasta hartarme. Hablamos hasta bien entrada la noche de los recuerdos buenos y por un momento pensé que había de nuevo encontrado a mi camarada de antaño. Nada más alejado de la realidad.
Tras algunas copas, decidí revelarle a él y sólo a él mis planes sobre cómo matar a mi mujer. Estaba seguro de que no me delataría. Su expresión cambió. Carraspeó un poco y refirió, con tono tranquilo, como era su costumbre, algo así como que las esposas tras algunos años de vivir en pareja se transforman y sus constantes cambios hormonales las hacen parecer peor de lo que realmente son. Trató de disuadirme. Me recomendó dormir en la habitación de lado en casa hasta que se me pasara esa fuerte repulsión, que según yo mismo le había referido, sentía por aquella que me había acompañado durante más de 15años.
Destacó sus virtudes, que no puedo negar, también me tuvieron cautivo. Él bien que las conoce. Pero quizá sean ahora esas mismas las que me hacen detestarla cada vez que la miro o que pasa sus manos por mi espalda o me sirve solícita la comida. De la ropa ni hablar, no la dejo que la toque. Imaginar que acaricia mis calzoncillos o los acerca a su cara para olerlos me lleva de inmediato a horcajadas. Si bien hago memoria ahora, alguna vez lo descubrí acariciándola con una mirada
Alfredo gentil me recomendó ir a terapia. Y me dijo algo así sobre escuchar a mi cuerpo. Me contó que casi todos los de nuestra generación habían pasado por lo mismo y tras uno o dos años de tratamiento ahora vivían completamente curados y felices. Sencillamente no le creí. Nosotros que presumíamos de intelectuales y de buscar respuestas en nuestros libros de filosofía o de marxismo no podíamos estar ocupando esos métodos.
Nos despedimos. Su cara lucía feliz por haberme convencido de hacerlo. Yo eso le hice creer. En su abrazo vi su cara tan cerca a la mía que noté como sus ojos se habían empequeñecido por las incipientes arrugas. Su cabello lucía entrecano. Creo que noté un poco de envidia en su sonrisa.
Esa noche me dediqué a escuchar a mi cuerpo, tal como me había recomendado mi amigo. Por supuesto no dormí con ella y sólo oía su respiración tranquila a través de las delgadas paredes. Por ahora la dejaré en paz. No accederé a satisfacer sus deseos ni la agobiaré con la enumeración de todo lo que me tiene harto de ella.
Entraré a terapia con la psicoanalista de Alfredo, la misma que curó a todos mis amigos. Pagaré mi consulta y me dedicaré a mirarle las piernas a través de ese escritorio de vidrio que me platicó mi amigo.
REY
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario