lunes, 3 de noviembre de 2008

Todos nos volvemos cómplices

Al vivir en una ciudad tan grande y apretujados con tanta gente nos volvemos cómplices. De qué, de casi cualquier cosa. En el mercado en el que acostumbro comprar lo que habrán de ser nuestras provisiones para toda la semana, voy escuchando sin querer, las conversaciones que a mi alrededor se producen o se provocan.

Así que en tanto esperaba me despacharan en la carnicería, me metí en la historia de una señora que entretenida le contaba al despachador una última anécdota de la cual había sido protagonista.

Caminaba ya tarde por las calles de Mariano Azuela y el eje 3 Norte Alzate con su perro, cuando un tipo al que no alcanzó a ver la cara, la tomó de los hombros pasando su brazo a encima de ella. No la amedrentó. Le dijo con voz tranquila y hasta cariñosa, dice la señora, que en unos minutos más iban a preguntar por él. Ella tendría que decir que era su hijo y que sólo salieron unos minutos a pasear al animal.

Un poco nerviosa y haciendo acopio de toda su tranquilidad vio como los pronósticos del sujeto se cumplían a los pocos segundos. Lo que no se esperaba la doña era verse rodeada de dos patrullas que bajaron y les apuntaron con sendas pistolas obligándolos a detenerse. De un vehículo también bajó un señor trajeado, que señaló a su ahora acompañante y les dijo, sí es él.

La presión en el hombro de la señora fue más insistente. Ella valiente se dirigió a los uniformados y les dijo casi gritando que su hijo sólo la acompañaba a sacar el perro a caminar.

Tanto los policías como el acusador se miraron confundidos. La seguridad de ella no dejaba lugar a dudas. Sin más se retiraron y hasta le pidieron disculpas.

La señora, recogió su cambio y casi de camino le dijo al canicero: -qué más me quedaba joven?

REY

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