Por si me quieres escribir, estaré pendiente de la señal de la computadora. Cuéntame ya de una vez lo que sucedió esa noche.
***
Hacía más de cinco años que no la veía y los pretextos se me habían terminado. Quizá durante esta última visita a nuestro departamento tendríamos que hablar de una vez por todas y poner las cosas en claro.
Por ese tiempo decidimos compartir un pisito cerca del metro Sevilla. Reforma nos quedaba a tres calles. Ambos caminábamos a un trabajo malpagado pero cercano, qué ventaja. Ella salía a las ocho de la mañana, aún amodorrada, dando sonoro portazo, que a mí, malhumorado desde tempranas horas, hacía que la maldijera.
– Chale morra, ¿qué no puedes ser respetuosa con los que se acuestan a las dos de la madrugada? – mascullaba.
Yo salía cerca de las nueve, tras bañarme y rigurosamente desayunar cereal con leche deslactosada mezclada con la poca fruta que alcanzaba a comprar el fin de semana. Me enfrentaba al espejo y lo que veía rara vez me agradaba. Es más, no recuerdo con certeza desde cuándo mi rostro amanecía hinchado y ojeroso.
Habíamos decidido compartir el piso tras un reencuentro fortuito, luego de mucho tiempo de no coincidir, sin preámbulos, condiciones, ni muchas palabras de por medio.
La encontré dentro del túnel del metro Chapultepec, esperando a alguien que nunca llegó. Su voz, rasguñando mi oído, susurró alguna frase de reclamo que ahora no recuerdo. Sentí un leve escalofrío. Ella se carcajeaba al ver la sorpresa que había causado en mí. Al escuchar su voz melodiosa, aguda y sarcástica, casi tuve una erección.
Cuando la miré con detenimiento todo se vino abajo. Su figura seguía siendo la misma. La blusa entreabierta me dejó ver sus pechos firmes que se movían rítmicamente con cada acceso de risa. Me acarició el rostro barbudo de una semana y plantó dos besos en cada una de mis mejillas. No pude decir más.
Pude ver como varios tipos me miraron con envidia. Su vestido corto blanco estampado de flores y su falta de discreción hizo que algunos otros metiches voltearan a vernos, reprobándonos. Me gustaba su cuerpo pero era más la complicidad con la que nos habíamos hecho durante la Universidad y que nos había hecho los mejores amigos. Ahora me sentía timorato ante su desconocida, para mí, radiante sensualidad.
Acomodé con torpeza su larga melena y fuimos a un café cercano. Me contó que vivía en los suburbios más alejados de la ciudad. Dos horas antes tenía que esperar para abordar el primer autobús que la trasladara de Santa Fe hacia el metro Observatorio. Mi historia era similar. La idea de compartir un lugar se gestó ahí mismo, al calor de su humeante y acanelado capuchino y mi escaso pero perturbador expreso.
A la semana ya compartíamos el piso. Muy accesible por cierto, para estar en esa zona rodeada de oficinas del IMSS. Sin embargo, rara vez coincidíamos. Las charlas, por lo tanto, las extendíamos hasta bien entrada la noche. Llegaba exhausta con las diminutas memorias de 16 gigas, repletas de fotografías. Aún así, se daba tiempo para tomarme imágenes de las partes de mi cuerpo que yo le permitía retratar.
Fue armando, sin que yo percatara, las pistas de nuestra nueva vida y las imprimía y exhibía en cada una de las paredes de su recámara. Ahí estaba yo, preparando el desayuno. En el baño cubriéndome apenas con una toalla. Fumando. Leyendo un libro recargado sobre la ventana. Ella tomando leche por la noche. Fumando un churrito mal liado. Nuestras manos. Su nariz. Su boca. La única ventana con vista a la calle. El cielo desvaneciéndose para convertirse en total oscuridad.
Esa ventana que daba a la calle la gané yo mediante un juego de palillos chinos –el ajedrez y la baraja se le hacían muy complicadas. La gané la primera noche y me instalé como rey. Metí mi colchón, mis libros, una mesa de noche, una lámpara, ropa y las pocas pertenencias. Sin cortinas, los vidrios aún con una capa de polvo grueso y negro me ofrecían un panorama de por lo menos cinco ventanas del edificio trasero. Una torre recién construida, lofts (decía la propaganda). Al día siguiente compré un periódico y recubrí gran parte de la vidrio, cuidando que una rendija estuviera libre y mis lentes pudieran atisbar hacia afuera. Así dividimos y al mismo tiempo unimos nuestras vidas.
El tiempo libre que me quedaba por las noches lo dedicaba a vigilar una de las pocas ventanas sin cortinas, la ventana justo enfrente. A diferencia de los coreanos jóvenes, habitaba una mujer de edad avanzada. Casi una anciana. Se levantaba cerca de media noche, iba al cuarto del baño y regresaba a su cama. Yo la miraba con las luces apagadas. Ella reposaba con la luz de una lámpara. Se mecía en la cama durante un rato, como esperando que el sueño por fin la venciera. Luego tomaba el teléfono y pasaba varios minutos con el auricular en el oído. Sus manos se movían en círculos. Quizás discutía. Luego se quedaba quieta y colgaba el aparato con calma. Después de un tiempo, en que dejaba de moverse, yo me recostaba y dormía. Me preguntaba con quién y qué hablaría a esas horas.
Gracias al ruido matutino de mi roomie al bañarse y salir despertaba y me asomaba de nuevo a la ventana. Poco a poco fui tomando el tiempo y midiendo su rutina. La viejita se levantaba a las ocho y media, justo cuando la cabrona de mi partner azotaba la puerta.
Se me hizo costumbre vigilar sus movimientos. Pero a las nueve en punto salía apresurado al baño. Ya en la regadera pensaba que no me divertía ni me excitaba ver cómo se desvestía. Algo me decía que más allá de un simple voyeurismo gerontofílico descubriría algo más profundo, más perverso. Y así pasé casi dos años espiándola una noche sí y otra también.
Un día, tenía que ser, mi vecina entró sin tocar la puerta y me sorprendió mirando a mi vecina preferida. Entonces ya no había periódicos, sino una persiana bien instalada. Traía una toalla amarrada sobre la cabeza y el agua le escurría sobre los hombros. Verla de esa forma y a esa hora de la mañana me inquietó, sobre todo porque, coqueta como es, me dijo si le ayudaba a untarse crema en la espalda.
Por esos tiempos había terminado con su novio en turno, un pacato que evité todo el tiempo. Apenas volteé: no mames, güey, póntela tú. Azotó la puerta y me dijo: estás enfermo, cabrón, mira que pasártela mirando a una viejita, estás enfermo.
Se fue. Con la puerta cerrada pude seguir mi contemplación. La mujer de enfrente se estaba alzando los calzones.
El sábado siguiente mi compañera organizó una fiesta a la que asistieron todos sus amigos artistas. Fotógrafos, escultores, escritores. Una buena cantidad de gente más preocupada por el reconocimiento general que por externar sus habilidades creativas. Llenaron la sala, la cocina, el cuarto de ella. Las cervezas caldearon el ambiente y el olor dulzón y repugnante de la mota comenzó a invadir mis pulmones.
Cerca de las dos de la madrugada, aburrido y harto de charlas superfluas sobre temas que desconocía, me refugié en mi habitación, cuidando que nadie me siguiera. Mi compañera fajaba con un tipo, que desde que entró pensé que era gay, olvidando al resto de los comensales. El insoportable volumen del iPod cubrió mi huida y al frente de mi ventana me dediqué a observar la conocida y rutinaria escena de enfrente.
Ahí estaba, reposando, la viejita solitaria. Un pie le colgaba del colchón. Pasados unos minutos, sin traicionar su fiel costumbre, comenzó a revolcarse sobre su cama. Era el momento en que iría al cuarto del baño, encendería la luz, se sentaría sobre el retrete y regresaría a continuar moviéndose entre las colchas hasta quedarse inmóvil, dormida. Pero no se levantaba, comencé a preocuparme y pensé que la vejiga se le reventaría.
Se estremecía de un lado para el otro, las cobijas estaban de lado sin cubrirla y pude ver que su mano hacía una especie de concha en su entrepierna.
Sentí el impulso de llamarle por teléfono. El recibo con su número lo había conseguido un día en el que el cartero recién lo depositó, junto con otros, en el buzón. No fue difícil, era la única entre todos los coreanos que tenía un nombre cristiano.
Pero no me atreví, que pensaría ella y qué podría decirle yo. ¿Que quizás tenía una pesadilla? ¿Llamarle a esa hora para que no se orinara en su cama? Si todo ese tiempo la había visto era más por curiosidad, a la espera de algo insólito, no de que la traicionara la vejiga. Es más, para qué carajos había estado espiándola si no había presenciado más que una rutina que ahora me parecía excepcional, anómala si se puede llamarla así.
Pero no dejaba de inquietarme. Ella no me conocía. Jamás me había descubierto o eso pensaba yo. Nunca nos habíamos siquiera encontrado en la tienda ni en el super, ni en ningún otro lugar.
En ese momento el estúpido amigo de mi roomie tocó a la puerta. Fui a abrirle para ver qué carajos se le ofrecía. Dijo tonterías de ebrio, lo soporté dos minutos diciéndole que la fiesta y el baño y la música eran algo que estaban en otro lado. Suficiente tiempo como para no poder evitar lo que estaba a punto de ocurrir en el departamento de enfrente. Forcejeamos un poco y lo alejé de mi habitación y se empeñó en entrar y me rasguñó. Le cerré la puerta como pude. Escuché sus quejidos detrás de la madera
De inmediato regresé a la ventana mientras los chillidos se iban apagando. Algo me intranquilizó. El pie de ella permanecía en la posición en la que la estaba cuando la dejé de ver, pero sus manos colgaban inertes. La luz del baño estaba encendida. ¿Quién la había encendido? Mala señal. En los dos años nunca había olvidado apagarla y ella ni siquiera la había prendido, o por lo menos no la había visto hacerlo.
Sin vacilar corrí hasta la salida esquivando a todos los invitados. Recorrí en dos minutos la distancia que nos separaba. Entré en su departamento. La puerta abierta me dio otro golpe en el corazón. Algo malo sucedía. Quizá tenía que ver con las llamadas. Fui hasta su cuarto.
La imagen me desquicia aún ahora que la recuerdo. Quiero borrarla pero permanece. Se desliza en mis noches de insomnio, cuando me niego a dormir sin asomarme siquiera a cualquier ventana.
Esa madrugada regresé a mi cuarto. Atravesé la estancia en medio de cuerpos que reposaban tranquilos presas del alcohol o de la mariguana. Los ojos de mi amiga eran un marasmo de confusión, perdidos. Lloré hasta bien entrado el día.
Una vez que se levantó, mi roomie vino a verme pasado el mediodía. Luego de darme un poco de jugo y reanimarme dijo que mi camisa estaba cubierta de sangre. Me ayudó a quitarla y a ducharme, pensando que yo mismo o su novio gay me había lastimado.
Ese mismo día empaqué. Ya nada me detenía en ese lugar.
REY
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