sábado, 31 de enero de 2009

El patio de mi casa...

Es un patio grande, sucio, lleno de tierra. En un extremo, hay pasto, simulando un breve jardín con rosas, geranios y bugambilias que florecen todo el año. Mi madre las riega un día sí y otro también. Se ocupa de sus macetas con devoción durante las mañanas, el resto del día las olvida como a nosotros. Al fondo dos árboles, uno de granadas y otro más de higos pequeños que mis hermanos y yo comemos machacados con una buena cantidad de azúcar. Nos internamos en lo que parece ser una selva pequeña, que crece también al final de la casa, con una maleza silvestre que en época de lluvia, entre abril y junio, casi está a la par de nuestro tamaño.

Dos hermanos y yo. Ellos, los más pequeños me invitan siempre a sus juegos. Por su culpa, y un poco también por la mía, he olvidado las muñecas y los juegos de té. Nos revolvemos en la tierra y trepamos hasta la azotea a vigilar a los incautos que reciben uno que otro baño de agua, mientras nosotros borrachos de sol, hartazgo y risa, nos revolcamos en el techo de la casa. Son nuestros juegos.

Compartimos hasta la manera de vestir. Tras llegar del colegio, cambio mi uniforme por un pantalón y una playera holgada que me permita moverme lo suficiente para ayudarles a las tareas que él, nuestro padre les impone durante la jornada. Entre más rápido terminemos, más tiempo habrá para iniciar nuevos juegos para pasar el día. Hay que acomodar la madera que cada viernes un camión de cascajo deposita en nuestro espacio de aventuras; intentar aplanar la tierra que se vuelve lodo con la lluvia; reparar esto o aquello. Siempre hay una tarea por realizar.

EL juego preferido está en el piso. A ras del suelo. Nos sentamos y nuestras manos entonces se entremezclan con la tierra y sucumbimos a la tentación de hacer pasteles de lodo. La pasta negra que logramos está en su punto. Alguno de los tres avienta el primer proyectil que con certeza se aprieta contra la cara de alguno. La venganza es inmediata y comienza la guerra.

El tiempo implacable corre sin que nos demos cuenta. Cubiertos de lodo y cansancio, nuestros ojos ríen divertidos. Las carcajadas se escuchan por todo el vecindario. Justo en ese momento suena un claxon. Insistente y demandante para que le abran el zaguán de entrada. Corremos a escondernos. Ninguno se atreve. Las tareas están sin acabar y nuestro aspecto es un desastre pese a que la obscuridad comienza a asomarse en el cielo mojado.

Su figura se dibuja imponente en el arco de la puerta. Vuelve al auto y sin prisa comienza a meterlo a casa sorteando los tres perros que han salido a recibirlo. Nosotros estamos paralizados junto a la pared. Yo me acerco quedito a la llave del agua a intentar lavarme antes de que me vea. Mis dos hermanos se vuelven de piedra, no se mueven. Todos tenemos fija la vista en la madera de cimbra que no fue puesta en su lugar.

Un ligero temblorcillo nos recorre el cuerpo. Flacos como somos intentamos no reír, no movernos demasiado, ni que los nervios nos traicionen con el llanto anticipado. Lo veo acercarse y mi vista se fija en el cinturón que va desabrochando, lento. Lo desliza de un tirón. El primer azote lo lanza contra uno de ellos. Yo me agacho. Enrosco mi cuerpo, cierro los ojos. Junto a mí, sólo se escuchan golpes secos, gritos y súplicas que no alcanzo a distinguir de quién son.

REY

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