Bajé del metro en la última estación . Mi ánimo parecía no estar demasiado perceptivo por lo que me dediqué a caminar los pasos que me llevarían a un autobús hacia el norte de la ciudad sin prestar demasiada atención a los pasajeros que bajaban aprisa, o que como yo, parsimoniosamente se dirigían a su sitio. A esa hora, el calorcito invernal aún invadía los pasillos.
Los que íbamos hacia la zona norte en donde se encuentra Lomas Verdes, Lechería y anexas, teníamos que internarnos en pasadizos casi secretos y oscuros, infestados de puestos ambulantes. La vendimía ahí es diversa, puedes conseguir de todo, desde cds o dvs piratas, hasta peluches o comida cocinada con un aceite apestoso del que emana un olor que vibra por todo el lugar.
También ahí subsisten los que juegan a "dónde quedó la bolita". Tres tipos, dos hombres y una mujer que pretenden engañar a los incautos, no pocos, que pasan por el lugar. Ellos fueron los que consiguieron que yo fijara mi atención, pues consideraba que eran una especie en extinción. A mi paso los observé y vi cómo movían la pelotita con tres recipientes de igual tamaño, llamando la atención a voz en cuello. Tras moverla un poco, intercambiaron miradas y se secretearon pese a que nadie, excepto yo, los estaba mirando.
Así hablando bajo miraron insistentes de frente y señalando apenas con un movimiento de cabeza indicaron, o mejor dicho, adelantaron que ocurriría algo. Mi corazón de citadina paranóica comenzó a latir con fuerza. No se sabía a ciencia cierta qué pasaría, pero ya varios ojos se centraban en el lugar preciso.
Justo ahí en donde las premoniciones, primero de los timadores y después de los transeúntes, se habían posado, aparecieron tres mujeres mayores. Entre gritos daban golpes a un fulano, quien sólo acertaba a cubrirse la cabeza ante la andanada de golpes que ellas le propinaban sin miramientos.
Algunos insultos salieron de sus bocas y el guey, que se consiguió desprender de las manos y uñas de las señoras, huyó. Corrió a lo largo de los pasillos, sin que ningún poder humano intentara detenerlo. Más trágico aún: nadie hizo por seguirlo, pese al llamado de auxilio de las tres señoras. La policía ni se asomó.
La escena se sucedió en menos de un minuto. Nadie se atrevía a acercarse. Dos de las tres mujeres auxiliaban a la otra, que pálida y nerviosa se tocaba la cadena de oro que pendía de su cuello rota por un extremo.
En ese momento se acercó un chavo con una mochila al hombro. Les ofreció su ayuda, creo. Una de ellas se volvió hacia él furiosa y casi le gritó: Ya para qué hijo? Para qué te acercas? Sí ya todo terminó.
Él confundido hasta se disculpó por haber llegado tarde a ayudarlas.
Casi todos los comerciantes se volvieron a sus actividades, indiferentes. Eso que había pasado era uno de los tantos sucesos que a diario se repetían 10 o 15 ocasiones durante el día, según me contó un despachador.
Me subí a un autobús que finalmente me llevaría a mi destino. Los minutos que estuve ahí me culpé por no haberlas ayudado y recibí su revancha al temblar cuando el chofer cerró las puertas y apagó la luz. Ahí pensé que todo había acabado.
REY
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