Se llenó el vagón. Cada mañana se repetía la escena: mujeres y niños apretujados a las siete en punto. Cientos de caras mirándose sin expresión. Afuera, sin el resguardo de tantos cuerpos, el frío intenso cortaba la piel de las mejillas; dentro, el calor hizo que me quitara la gruesa chamarra invernal.
Busqué tomarme del tubo más cercano. Justo el que estaba en medio del vagón del metro. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Me recorrió lentamente, de abajo hacia arriba con ojos profundos, oscuros. Me sentí indefensa. De la cabeza a los pies, que apenas se veían con tanta gente, invadió la poca intimidad con la que contaba a esas horas.
Sus labios se entreabrían y balbuceaban palabras q ue no alcancé a descifrar del todo. Nos separaban dos o tres personas. Por sus ojos y su boca me pasee un buen rato. El túnel oscuro entre una estación y otra quizá nos permitió imaginar. Me fijé entonces en el escaso pelo rubio que cubría su cabeza. En su nariz recta, pequeña; su frente por completo despejada. Sus labios rojos, suaves.
Sin perder contacto con mis ojos me señaló un espacio frente al suyo. Como pude me abrí paso y le gané a una anciana mujer. Una vez ahi, de pie, su cara quedó a un palmo de sentir mi vientre. Pudimos oler nuestras transpiraciones y un ligero vaho caliente que salía de las dos bocas. Nadie parecía darse cuenta, ni nosotros, de lo que pasaba alrededor. Inhalación, exhalación simultánea y un ligero temblorcillo que se iba apoderando de todos los sentidos.
Sus manos aparecieron por primera vez. Se extendieron buscando tocar. Mi entrepierna se ofreció con la misma facilidad con la que segundos antes, el tirante de la blusa ligera dejó ver mi hombro desnudo. Calientes y suaves se deslizaron uno, dos, tres dedos humedecidos previamente en su boca por debajo de mi falda de lana. Una leve pero continua frotación dejaba sin fuerzas mis rodillas al tiempo que de mí iba escurriendo un ligero río de miel incolora pero cargada de un olor demencial. Fuera de mis propios sonidos que se producían dentro de mi cuerpo, oía como en un eco las fuertes aspiraciones de los demás pasajeros, tratando de encontrar de dónde salía aquello que comenzaba a hacer que con disimulo y sin importar su sexo se rozaran entre ellos.
Un delirio incontrolable me hizo apretar los labios para no gritar y mi cuerpo se inmovilizó dejando sólo que el plexo solar se balanceara lenta y certeramente. Con fruición deslicé la punta de mi lengua fuera de mi boca y en lo que debió ser un largo gemido interno, mis dedos mojados de sudor se aferraron al tubo que estaba más cerca de mi cabeza.
Desapareció cualquier resquicio de inhibición ante los desconocidos. Mi mano correspondería de igual o mejor manera. Cerré los ojos. Varias ideas me cruzaron por la mente en no más de cinco segundos. Solté una bocanada de aire caliente.
La grabadora del metro que anunciaba la siguiente estación interrumpió mis pensamientos. Cuando los abrí, su madre lo había levantado de su regazo y lo alzaba en brazos. Su mirada profunda, oscura, la seguí hasta que desapareció entre la gente.
REY
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