Vino de Cuba como suele todo salir de la isla, a hurtadillas, escondida en una maleta, cubierto su cuerpo con girones de papel periódico que alguien apiadándose le obsequió.
La primera vez que nos encontramos fue en un mercado que hallé en una de las aventuradas caminatas por las calles de Tacón y Mercaderes justo en La Habana Vieja. Un mercado que pese a estar a campo abierto y con puestos semejantes a los de los tianguis de mi país, venden baratijas y artesanías a precio de divisa y no a peso cubano.
Es decir, puestos dedicados sólo a turistas que caminan con la intención de llevarse cualquier cosa que avale su permanencia en la isla.
Caí por accidente llevada por dos cubanos, un hombre y una mujer que haciendo gala de su verborrea lograron arrancar un poco de mi exiguo presupuesto. Compramos leche y aceite, quizá para una niña inexistente o crecida ya, de la que él me mostró una foto.
Casi de su mano, fuimos a un tendajón en el que ambos, pidieron y yo me limité a pagar. Ese era el trato, matizado un poco, de lo que hacen para conseguir cosas de los turistas. Mis converse los salvé, al igual que mis aretes y un anillo, que no dí porque cargaban con profundos significados. Los tenis quizá sí me arrepentí de no habérmelos quitado, ahora andarían todavía.
Encaminados ya, ofrecieron llevarme a comprar artesanías. Imaginaban tal vez por lo menos una buena cantidad de divisas, de las que ellos obtendrían una parte. Nada más alejado de la realidad. Había salido ese primer día con 20 o 30 CUCs (así llaman a la moneda para turistas en las casas de cambio, que se me iban yendo como agua en mi inexperiencia por hacer tratos comerciales. Ya después aprendería.
Entramos y la algarabía hizo presa de mí. Con sus voces invitadoras, "guapa, que llevas?" ""qué te ofrezco chica", embaucaban a cualquiera; claro, pero a cualquiera que llevara dinero. No a mí que sabiéndome con poco presupuesto me inhibía con los precios. Yo quería todo.
Pero, ahí estaba, justo detrás de la mesa. Su figura rígida contrastaba con las demás que se movían al ritmo de cualquier música o conversación. Los cubanos balancean tanto el cuerpo al hablar o reír que parecen que todo el tiempo están bailando. Así es que bien se podía decir que estaba bailando.
Su cuerpo curvilíneo y delgado llevaba una falda a la rodilla que se movía igual que el resto. Las piernas y brazos eran, y son, perfectos trazos, que cualquier artista estaría tentado a plasmar en sus obras. Delgados pero dejando ver largas horas de trabajo para finalmente hacerla bailarina.
Largo tiempo me pasé observándola, tanto, que mis acompañantes se dieron por vencidos y me dejaron por fin sola. Había comenzado a aburrirme de sus pláticas para infundirme miedo, con las que pretendían no separase de mí el resto del día.
Su seducción llegó a tope y me atreví a tomarla entre mis manos. Acaricié su figura perfecta de la que sobresalía una pequeña cabecita que inclinada hacia adelante daba el último paso de una danza que la hizo alzar una de sus piernas tan arriba como le era posible.
Esta vez no regateé. Sin estar cierta sobre lo justo o no del costo saqué mis últimos billetes, los que había salvado de aquellos y se los dí al vendedor.
LLegando, la puse en el librero, en un juguetero, junto a un reloj y junto a cualquier lugar en mi casa en donde pueda voltear y verla. Mi bailarina cubana.
REY
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