
Cada vez que abro la foto, la bocacalle se me viene encima. El punto de fuga sucede justo donde termina una chimenea humeante de la zafra de esa temporada. Gris, alta y como un obelisco humilde nos mira, digo nos mira, porque se presta a dos mundos el que sucede en el interior de la foto, ese que se detuvo cuando fue plasmada la imagen; y el mío, que sube y baja, se mueve y se detiene cuando estoy de frente a ella.
De la vida y movimiento se encarga un pequeño grupo en la parte inferior izquierda. Son por lo menos siete niñas. Visten de colores llamativos. Blusas verdes, iguales al color de los globos que mecen en sus manos, sus pantalones o faldas no se distinguen. Serán de mezclilla, quizá, ó de algún trozo reciclado de cortinas que su madre cortó para ellas. Las edades son un poco imprecisas. Podrían ir de los 8 a los 12 tal vez, pero sus pequeñas formas con vísperas de desarrollo son diseñadas para engañar. La mirada tierna para cautivar a las familias o seductora para conquistar a los turistas hambrientos de núbiles cuerpos.
Juegan en tanto. La tarde pardea y entre la luz que va perdiendo ante la oscuridad, el cielo se ve nublado por la chimenea que suelta de repende alguno que otro estertor lleno de hollín. Las nubecillas grises que se forman en las alturas del hoyo que las deja salir se esparcen pronto. Bajan y se empiezan a confundir con las casas. Forman parte de ellas.
La tarde se muere y la vida apenas empieza. Ha terminado la jornada y todos, los habitantes de esta calle se han apresurado a secarse el sudor, comer malanga, un trozo de cerdo comprado en el mercado negro, beber agua o algún zumo que les permita el carnet.
Dentro de un rato se reunirán en el patio del segundo edificio de la izquierda. El verde. Dentro, los hombres jugarán dominó y beberán ron. Hablarán tal vez, los más viejos, de los cambios que ha habido en la isla. De las traiciones a la Revolución, de las nuevas políticas, de que todo tiempo pasado fue mejor. Todo esto a voz en cuello, que pretenderán de pronto acallarse entre ellos para que no los escuchen. Para que no los oiga la guardia y eche a perder la partida de hoy.
En el radio se oirán los Bam-bam con una rola que no recuerdo bien.
Las mujeres se entretendrán con una charla interminable. Se harán aire con un abanico improvisado, por el cuerpo, aun enmedio de las piernas. Las más jóvenes y guapas miraran a los grupos de hombres iniciando un sencillo jugueteo amoroso. Otras, con 24 años o menos, pensarán que el tren de la vida se les ha ido y que dificilmente encontrarán marido.
Me olvidaba, ¿Las niñas? LLenaron los globos de agua. Ahora se los avientan con carcajadas intensas, divertidas, ajenas. Para ellas la vida apenas comienza.
REY
2 comentarios:
Estás escribiendo muy bien, la neta.
Publicar un comentario