viernes, 20 de marzo de 2009

Coincidencias afortunadas



Este es un mofle. Un mofle para Chevy. Mi chevy. Un chevy que yo tengo y que hasta que se me rompió y azotaba en el suelo haciendo un ruido infernal desgarrando el pavimento, descubrí que tenía uno de esos.

La historia es un poco de coincidencias. De esas que de pronto me ocurren o suceden en mi entorno. La cuento así sin grandes preocupaciones por mi gramática, ni por la hilación que pudiera brincar hacia la todavía inalcanzable literatura.

Vale, vale pues, ya voy..

Iba en camino a ver a mi padre. El sonido que traía últimamente cuando manejaba se me había hecho ya incluso un poco familiar. Como el del arranque de un carro de carreras. Se soltó de pronto un largo fierro que arremetía en contra del suelo. Me paré, revisé un poco debajo del carro con la esperanza de que con un alambre o algo parecido pudiera amarrarlo y seguir por lo menos un par de cuadras más, que eran las que me faltaban para llegar a mi destino.

El tubo se desprendió por completo y a la mitad del coche y por debajo hizo casi imposible que pudiera siquiera intentarlo. Me subí y avancé despacio, un poco con la zozobra de que se fuera a atorar con un tope o con el piso mismo.
Así llegué al primer taller mecánico. Le dije al que ahí estaba, recargado en una camioneta, si me lo podía componer. Se asomó un poco y con parsimoniosa calma, propia del oficio, me dijo que no, eso era en los mofles.

Con algunas indicaciones me dijo cómo podía llegar a dos. Uno en la avenida principal y otro más detrás casi de la casa de mi padre. Opté en un arranque de decisión, por el segundo. Fui allá. Viví por casi 28 años por esos rumbos, pero nunca se me ocurrió ubicar en donde carajos podía haber un moflero. Así es que manejaba despacio buscando cuando un golf blanco que venía en sentido contrario a mí se me emparejó. Bajó su ventanilla y me dijo, se le rompió el mofle.

Un poco distraída y casi agradecida de que alguien se diera cuenta de mi desgracia, le dije, sí, de hecho estoy buscando a donde arreglarlo. Sin mediar muchas más palabras me dijo, yo se lo arreglo. ¿?¿?

¿Cómo? -Sí yo se lo arreglo. ¿pero en dónde? - en mi taller, yo voy ahora mismo para allá. ¿ y cuánto sería? - sólo tendría que soldar. 50 pesos. Va. Fue toda la negociación.

Acepté. Un poco de desconfianza quizá tuve, pero en este tiempo qué más podría perder. Pasé a dejar la comida para que mi padre y lo seguí, sin ninguna certeza y ni la menor idea de donde pararíamos. Dijo la 34 y hasta esa calle fuimos.

Con la mano fuera de la ventanilla me dijo donde debía entrar y efectivamente, un taller moflero. Estaba otro chavo más o menos de su edad. Soldaba un mofle y al verme me dijo, sí que hace ruido tu coche eh?

Un poco, sí.

Le dijo al otro cómo es que debía acomodarlo y lo suspendió en dos rampitas. Me dieron un banco a la sombra y esperé. Hice un par de llamadas para decir en dónde me buscaran en caso de que decidieran secuestrarme. Je, nada de eso pasó. El mofle quedó listo en menos de 10 minutos. Todavía quedó tiempo para que platicaramos un poco. Me dijo que pasó por el lugar en donde me encontró porque fue a lavar su coche y lo retrasaron un poco, nos reímos y le dije que había sido mi ángel de hoy.

Extrañas coincidencias. Afortunadas algunas. Vale, mi mofle y el auto como nuevo para mí; 50 pesos y la promesa de volver por el silenciador para ti. A mano.

REY

No hay comentarios: