martes, 10 de marzo de 2009

Los sabores de la niñez

¿A qué te sabe tu niñez? A mí, a arroces frescos, caldos a punto, moles de todos los colores, sopas reconfortantes, atoles para sanar cualquier resquebrajamiento, pan horneado, tardes echadas con la espalda pegada al pasto mirando las formas de las nubes, a soledad, a padre ausente, patios grandes, tierra, pasteles oportunos...

Mi madre siempre olía a comida. Estoy cierta que si hubiera chupado o mordido uno de sus dedos algún sazoncillo habrían de tener. De sus manos grandes y un poco regordetas se desprendía un intenso aroma a ajo o cebolla o chiles verdes o epazote fresco. Todos ingredientes para sus menjunjes.

Su comida nos llenaba la panza todos los días. Era un laberinto interminable de sabores que paladeabamos con alguna tortilla o varias o con pan recién comprado.

Todo un ritual el que se celebraba en su cocina, uno en el que yo nunca participé, pero desde afuera me llegaba el incitante olor que hacía que adivinaramos los guisos.

Iniciaba en la mañana cuando tras desayunar nos preguntaba qué era lo que habría de hacer para la comida. Todos, sus siete hijos, evadíamos la respuesta con un "lo que sea, todo te sale rico", aburrida e impaciente nos decía, pues si no les gusta se lo van a tener que comer. Je, era una trampa, lo sabíamos perfecto. Sabíamos que buscaría sorprendernos llevando a buen fin cualquier empresa culinaria que se hubiera planteado.

Caminaba sola hacia el mercado del barrio. Uno que hasta hace algunos años brillaba de colores en sus puestos. Jitomates, cebollas, calabazas, lechugas...todo aquello era calado en sus manos. Regateaba un poco. No importaba si las cosas bajaran su precio o estuvieran por encima. Ella intentaba ese juego con el marchante a fin de que el aburrimiento acabara por cercenarle un cacho de alma.

Regresaba entonces con una bolsa llena. Acomodaba diario lo comprado y cocinaba. Entre que había que darle sazón a esto o deshebrar aquello, o hacer la salsa para acompañar, se le iba la mañana. Sus manos iban impregnándose.

Al volver nosotros, nos servía en platos blancos adornados exígüamente. Devorabamos todo aquello: Un arroz rojo con chícharos y zanahorias que acompañaba de tortitas de carne en chile verde; sopa de fideo con caldo de pollo, de guisado milanesas empanizadas con papas fritas; huevos ahogados en vigilia o tortitas de papa; si el guisado era caldoso, la sopa debía ser seca y a la inversa funcionaba también. Eso sí lo aprendí perfecto.

Al terminar nos recostabamos un poco en la tarde. la idea era tener una pequeña siesta. Acariciaba entonces mis cabellos despeinados siempre y me canturreaba de niña alguna cancioncilla. Yo me dejaba un poco. Paseaba entonces el olor por mi cara y uno que otro dedo jugueteaba con mi nariz o mis mejillas. Yo la sentía, sus manos no tan suaves y un poco burdas para acariciar.

Aspiraba su olor. Lo pegaba, sin saberlo aún, a mis recuerdos. A los olores y sabores de la niñez

REY

No hay comentarios: