jueves, 26 de marzo de 2009

Trazos

Heredé la locura de alguna de mis tías. paternas, por cierto. desde que tuve uso de razón siempre oí a mi madre decir, que todas estaban bien locas. teníamos poco contacto con ellas. debió mi mamá pensar que entre más alejadas estuvieramos de esas mujeres extrañas, menos probable sería contagiarnos, nosotras, sus hijas, de aquello que tanto criticaba.

Sólo frecuentábamos a Domitila, la menos. La de las cenas en navidad, la familia perfecta y la sonrisa más franca que he visto jamás en mi vida. Dicen que me parezco un poco a ella en el pelo y cada vez que hablamos mis hermanas y yo sobre ellas, peleamos por el lugar que por nacimiento nos correspondería compartir con las tías. Ser como Mamá Milita, como era que le decíamos, resulta siempre el conflicto. También nosotras somos cuatro mujeres, intercaladas con el nacimiento de los varones, justo igual. Como si fuera una marca del destino.

Beatriz, Cirenia y Rosario quedaban fuera. Nadie disputaba su sitio. Eso, hasta hace poco.

Esporádicamente ibamos a la casa de Beatriz, la tía pollitos. el apodo se lo ganó un poco por juego de nosotros o otro tanto porque en su casa, grande, grandísima, tenía todo un ejército de animales. Gallinas siempre con sus crías siguiéndolas por todo el jardín; pajaritos en sus jaulas cantando; perros; gatos; pavoreales; conejos; guajolotes para fin de año; toda una alegoría del mundo contenida en su patio. Dicen que de eso murió. De alguna infección que contrajo.

En fin, que a estos dedicaba todos sus días e incluso sus noches, después de que hubiera muerto su último marido y que sus hijos ya grandes emigraran hacia otras casas, mismas que ella, se encargó de comprar. De su persona se decía toda clase de historias. Por lo menos se había casado unas cuatro veces, y las parejas ocasionales, como suspicazmente decían los comentarios, nunca se contabilizaron con exactitud. Algunas por viudez u otras por falta de empatía, pero la cosa es que no murió acompañada, eso sí puedo decirlo, yo estuve ahí.

Tuvo varios hijos, no de un sólo marido, como bien se puede deducir y mi madre con desaprobación nos contaba que nunca se iba de las fiestas sin que llegaran los mariachis en la madrugada. Iba sola e igual se desaparecía.

A mí me acariciaba el cabello y me prometía un conejo siempre que la visitabamos. Nunca llegó ese día. Incluso cuando murió pensé que en su testamento me incluiría y dejaría a mi cuidado sus roedores de orejas largas. No, no fui mencionada y creo que eso figura como el origen de una de mis carencias infantiles.

En su velorio estuvimos pocas personas. Nadie lloró. Por supuesto no vino ningún marido. Yo pensé que siquiera le hubieran traído a uno que otro animal, pa que la acompañara. Su ataúd se fue sólo, sin cortejo ni arreglos florales.

Cirenia murió soltera a los 90 años. Postrada en una silla de ruedas a causa de una úlcera varicosa que la trajo de casa en casa de sus hermanas. Permanecía en cada lugar un tiempo, hasta que su mal genio y su deseo perenne de mandar en reino ajeno, hacía que quien la alojara le pidiera cortesmente que desalojara. Tuvo varias propiedades, que compró con dinero de todos los trabajos de su vida.

Cinco o seis casas que le valieron que pudiera vivir su vejez sin preocupaciones monetarias, no así con las afectivas. Ni un hijo tuvo. Y dicen que en su locura y altivez dejó pasar uno, dos, o tres buenos partidos. Así era común que les llamaran a los maridos. Vino a tanto su orgullo que en el altar dejó plantado al último. Con traje blanco y todo, se negó a último momento a salir de su casa. Mi padre, su hermano pequeño en ese entonces, recuerda que a piedra y lodo se encerró en su cuarto sin que hubiera quien pudiera sacarla de su empecinamiento.

A él no volvieron a verlo por su casa y ella siguió su vida. Sola y orgullosa, tal como terminó un primero de noviembre. Mismo día de su cumpleaños.

Con Rosario fue otro cantar. Ella en verdad sí que era guapa. Lo supe años después de que murió por una foto que encontré en los secretos olvidados del baúl de casa. Empecé a husmear entre tanto recuerdo y me apareció de pronto. Sus ojos me miraron de inmediato. La imagen era clásica y antigua. Ella permanecía en un estudio fotográfico con un vestido que dejaba ver su delgada figura. Altiva se recarga apenas en un banco. Sobre su cabeza y un poco ladeado, un sombrero de hombre la cubre un poco. Sus manos en el regazo y su semblante que quiere parecer nostálgico, a orden expresa del fotógrafo seguro, se delata con una pequeña sonrisa llena de ironía que le sale de las comisuras de la boca.

De ella oí más historias que de ninguna de las otras tres. Se decía por ejemplo que escandalizando a todo su mundo familiar, se había ido a París empacando apenas unas cuantas cosas. Dicen que tras un hombre que le ofrecía enseñarla a pintar y quizá otros secretos de la vida. Lo cierto es que se fue, con 17 años encima y ni siquiera la bendición de uno de sus padres.

A su regreso, tal vez uno o dos años después, sus hermanos y sus padres, esperaban que la sombra del arrepentimiento la hiciera pedir perdón para volver a ser aceptada en su casa. Nada de eso sucedió. Ni pena, ni nostalgia, ni perdón, nada había en sus ojos, menos aun en sus labios rojos y carnosos que se abrían para contar todo lo que había conocido.

Guturalmente les decía a todos te amo, en el idioma nuevo aprendido y se instaló sin mayor cosa en su antiguo cuarto, desalojando a un hermano a puntapies. Así era ella. Con su vuelta también hubo la imposición de nuevas reglas. Mis abuelos querían a toda costa que no se convirtiera en la verguenza de la familia. Procurarían a partir de ese momento que se rodeara de buena gente que la ayudara a enmendar su camino.

Lo lograron a medias. Se casó a los 20 con un hombre que todo lo que hizo bien fue ponerle dentro a una niña que después medio se encargaría de ella pocos días antes de morir.

A la niña, mi prima, medio la crió enmedio de lápices para dibujo y grandes charlas con amigos extraños. Para mí fue lejana todo el tiempo. Hablaba mucho y sus formas me molestaban un poco porque dentro llevaban sarcasmo implícito aun sin que viniera al caso.

Quería saber todo y tenía un comentario irritantemente certero para cada situación. Era ya vieja cuando yo la conocí y por más que buscaba la belleza que mi familia pregonaba no lograba encontrarla. Me parecía sucia y un poco desaliñada.

El hallazgo llegó como a dos años de su muerte, cuando su hija, no tuvo mejor destino a las cosas de su madre que dárselas a mi padre, único hermano de esa larga estirpe que vive. Se las dio en un baúl viejo y oloroso a viejo. Yo lo espulgué y encontré entonces todos esos dibujos a lápiz que hizo durante su vida. La precisión en sus trazos hizo que toda la percepción que tenía de ella empezará a cambiar.

Al fondo de aquella caja secreta estaban las historias escritas que ahora leo. Me cuentan la verdadera historia. No aquellas fáciles de la locura superficial con la que era juzgada. Su mente buscó nuevas salidas, muchas más que las que encontraba deambulando con su bolsa del mandado en largas caminatas.


Llevo dos. Suficientes por ahora.

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