Bajó corriendo las escaleras. Uno tras otro, cada escalón iba regalando un pensamiento. Entre ir o regresar. En un vaiven de recuerdos y de síntomas nuevos que han comenzado a aparecer. Hasta abajo se detuvo. Respiró un poco y volvió a reanudar sus pasos.
Hace tiempo que comenzó. No sabe a ciencia cierta cuándo, pero tiene un ligero y avezado punto de partida. Las imágenes de los integrantes de la historia se vuelven claras y de pronto se difuminan. Son tres y no de un sólo sexo. De hecho el sexo es el problema, si tan sólo fueran del mismo... De acuerdo a su aparición y cómo quiera que sea que van apareciendo ocupan un lugar preciso.
Algunas veces los puede desaparecer y aparecer a su antojo. Otras se cuelan como gotas de agua en un ambiente permeable. Nada los puede detener y eso desconcierta. Sus caras firmes y pensamientos claros atrapan la atención. Nunca más intensos que cuando hablan.
Hoy hace un día cálido y quiere ver a sus personajes. No ha visto a ninguno en días y necesita visualizarlos de nuevo para saber en qué va la historia. Se han perdido los pasos, aun cuando su círculo de acción es tan parecido y cercano. Se metió en el asunto para poder tener de cerca un papel. Lo hizo como una salvación, pues su vida carecía de sentido. Cuando decidió dárselo todo estuvo dispuesto.
Por eso salió a la calle aunque no hay certezas de dónde encontrarlos. Vestirán de forma primaveral hoy. Estará alguno sentado en las bancas del parque. Tomarán café y charlarán, tal vez, con alguien solitario también.
Se preguntarán de qué va su vida últimamente o pretenderán ignorarse. Todo es posible en un relato en el que sólo hay de cierto un inicio.
Los tres son morenos, aunque distintos. Uno más claro que otro u otra y delgados. Los cuerpos lindos de cada uno se sumergen en camisas holgadas y pantalones de mezclilla. Tenis siempre o huaraches. Sombreros o gorras o sin nada encima de las cabezas. Eso no lo determinan ellos. Recordemos que se sujetan a la decisión del que lee.
Cuando se encuentran, intercambian, los tres, un par o dos de palabras y se separan. Son dos hombres y una mujer. ¿lo había dicho ya? Ahora ella se quedó de pie mirando cómo es que se alejan y doblan en una esquina. Ambos se van a comprar cualquier cosa y sólo uno regresa esta vez.
Paran en una cafetería que sólo sirve café de menta. Es un poco rara la combinación, pero la toman, uno pensando que la mezcla ha de ser buena para el estómago; ella, que es un estimulante para seguir en la conversación.
La taza no dura mucho. Es para expreso, así que no aguanta más que dos, tres o cuatro tragos. Avanza la conversación y sus ojos se dicen mucho, mucho más que las palabras. Las manos se rozan apenas. Con tanto movimiento que hace él al hablar es imposible que no lo hagan. No tienen pudor en seguir sentados pese a que la taza está vacía y hay sólo un par de comensales más. El mesero los apremia. Ella apenas si se da cuenta.
Cuando se levantan de ahí. Sólo hay algo cierto. Uno, se verán mañana. Imposible no hacerlo. Dos, soñarán algo distinto que no los haga sufrir.
Siguen su camino. Sus casas están más alejadas de lo que quisieran, aunque comparten la misma ciudad.
A la salida del metro, ella se vuelve a encontrar al que dobló la esquina pero no regresó. Trae bajo el brazo un libro y dos cuadernillos nuevos. Sonríen, se reconocen y caminan un poco juntos. Conversan sobre el día y la noche, o la luna o algo así. Se miran y saben que el hablar siempre trae calma y regala todo aquello que traemos dentro. Aunque no todo lo que traen, sea bueno. De todas maneras se lo regalan.
Sus casas no quedan tan lejos pero de igual forma se despiden y siguen su camino. No importa que sea el mismo. Se encontraran mañana. Los tres. Justo en el mismo lugar, para emprender un camino igual y a la vez tan distinto.
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