El tráfico se hizo intenso en un lugar a donde no es común que sea. Todos los conductores, incluyéndome a mí, se asomaban por las ventanillas para ver si podían avistar el motivo.
A lo lejos se alcanzaba a ver la torreta de un carro de bomberos. Sin ruido permanecía bloqueando casi por completo la pequeña calle de Sabino en Santa María la Ribera. Conforme avanzamos, todos pudimos ver que un par de hombres vestidos con su uniforme reglamentario del Heróico Cuerpo, se trepaban con la ayuda de una escalera a un árbol frondoso, pero a primera vista frágil.
Los vecinos se asomaban en bata y despeinados. En las aceras y dentro de los coches se respiraba una especie de tensión usual y mimetizada, natural en un lugar en donde no pasa prácticamente nada que altere su orden y día a día. Todos miraban hacia arriba.
En un momento, en el que nadie lo esperaba, salió de alguna puerta, corriendo una mujer descalza. Con leves gritos y una desesperación en los ojos, que se encontró en el camino con los míos, aventó una frazada al piso y levantó un pequeño bulto que había caído desde las alturas sin que nadie apenas lo notara.
Lo alzó con tanto cuidado que todos respiramos asustados. Desconocíamos qué podría ser, pues su inmenso cuerpo, el de la mujer, no permitía ver con exactitud su carga. Volteó un poco y buscó consuelo, ante la mirada impotente del bombero que aún estaba trepado entre la escalera y el árbol.
Conductores y mirones empezaron a avanzar lento. Regresando cada quien a lo suyo. Olvidando el rescate. Ella se quedó a un lado de la acera. Llorando a mares a su gato muerto, que seguro permanecería largo rato aún en sus brazos.
REY
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