jueves, 7 de mayo de 2009

Imágenes que se van

La veo desde mi ventana todos los días. Es una mujer rolliza, con el pelo pintado de rubio, fuma todo el tiempo. Cuando plancha, cuando recoge la ropa de sus hijas. Cuando mira por los cristales.

Ahora, una tarde cualquiera de primavera, está discutiendo con alguien a quien no puedo ver. Gesticula exageradamente y mueve enérgicamente la cabeza, de pronto sus manos que manotean al aire. Increpa y señala con el dedo, en tanto la discusión se acalora.

Mueve el pelo y lanza algunas miradas hacia fuera. No dirige sus ojos hacia ningún sitio en especial pero de todos modos lo hace. Todo parece indicar que permanece sentada en una cama, a la orilla.

Yo me oculto en la oscuridad de mi casa, tengo una posición privilegiada, pues la espío sin que ella, pueda verme. Llevamos así casi 20 minutos.

Hablará con una mujer, un hombre, o será alguna de sus hijas, por lo menos tiene dos, porque en el cuarto que puedo ver, se adornan las paredes con postres baratos de artistas de telenovela.

Le ganó el llanto y eso que parecía tan fuerte. Está de frente, junto a la ventana abierta y se frota mucho los ojos, mientras no se aviente…. Se calla un momento, no demasiado, para escuchar un poco a su acompañante, del que aun no tengo demasiada información.

No pelea, creo que es una retahíla de quejas, se desahoga.

Parece de pronto que fija su mirada en mí, aunque es prácticamente imposible, casi quedo en un ángulo del que me permite verla de reojo, escribir y seguir leyendo.

Asiente, vuelve a asentir, su cara parece cansada. Luego niega varias veces, ya no exitada como hace rato, no, como cargando sobre esas rayas de su frente todo el peso de una pena de la que no me entero. Pasa todavía unos minutos así y luego apaga la luz. No puedo ver.

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Poco después cambiaron la pintura de su departamento. Unos hombres desmontaron las persianas, las lámparas y hasta remodelaron el techo. De ella…de ella no volví a saber más.

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