
Si me preguntaran qué lugar habría de elegir para vivir, no dudaría un segundo en decir que en una calle como ésta. Un día un poco caluroso y con ganas irresistibles de ver alguno que otro espectáculo, me metería en el Coliseo Romano. Vería a varios leones destazar a uno o dos hombres (tengo por ahí un par de candidatos) que aterrados correrían por todo el círculo mientras los espectadores dan el pase de salida a sus más bajos sentimientos.
Otro quzá dejaría que pasaran las horas y ya en la tarde, luego de andar y andar, me detendría en el Taj Mahal a la espera de oir a un niño, como los de las películas, contarme una romántica historia, con tal de que me dejaran caminar descalza y mojarme un poco los pies en esas fuentes.
Ese mismo día, me alcanzaría el tiempo para subir a la Torre Eifel y ya de noche, tomar un par de copas viendo cómo es que hacen los artistas (todo el que está ahí así se nombra) para detallar cada parte del monumento de hierro en un trozo de cartulina blanca y con una tiza y luego venderla por unas cuantas monedas.
Un poco de madrugada, caminaría hasta el Partenon y ahí esperaría una horas a que diera la luz de nuevo.
Para el desayuno habría un paradero de café para llevar, algo de pan y un jugo. Todo mi paquete lo llevaría hasta el Obelisco y me tiraría en el pasto cara al cielo para ver si lo alcanzo con sólo un tiro de vista.
Harta de sol y café, tomaría un bus hacia Hollywood y tomaría una foto al letrero. Sólo eso.
Luego caminaría por el Golden Gate, hasta donde me dieran las piernas, bajaría por las piedras de la bahía de San Francisco a esperar la noche y la iluminación que por esta vez no me dejaría buscar las estrellas.
Después? Después quizá salte a alguna de las azoteas herrumbrosas de los edificios de a lado. Viviría en Nueva York, y ahí, prácticamente se puede todo.
REY
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