
Así como se debería escoger el lugar en donde uno quiere vivir con toda libertad y sin restricción alguna, debiera existir la posibilidad de elegir al que se desea ir al morir. No siempre se puede. Otros lo hacen por uno, incluso después de que pierdes la capacidad de elección. Conozco, o bueno, conocí a una señora que pidió expresamente no ser enterrada junto a su marido, y sus hijos en un arranque de absoluta indiferencia a sus deseos y bajo pretexto de unión familiar, la cremaron y pusieron en una urna junto al esposo. ahora conviven y si no lo hacen al menos escuchan sus nombres con una "y" de por medio cuando alguien pasa junto a la pared donde están ahora y los repite. Los hijos también quisieron que conservara su apellido de casada.
Estuve en este panteón hace ya varios años. En un cortejo fúnebre bastante precario por las pocas personas que acudieron, el ataúd fue sostenido por hombres que conocieron o amaron a la que dentro permanecía, quién sabe si descansando. Quizá sí, tuvo una agonía larga con un cáncer que iba carcomiéndole las entrañas. Cualquier sitio debe ser bueno cuando uno no puede más con el dolor.
Para ese entonces yo ya le había perdido el miedo a estos lugares; de niña, adolescente y aún joven me entraba una paranoia intensa sólo al pasar por ahí. Entrar resultaba un extraño acontecimiento en la vida, lloraba incluso si no me ataba demasiado con el personaje en cuestión.
Ese día ya sin miedo me gustó estar. Tras una caminata propia de un recorrido triste, las calles y sus casas coloniales muy al estilo inglés, abrían sus ventanas o sus puertas. Por éstas se asomaban los colonos, con respeto al "muertito", se descubrían la cabeza los hombres, las mujeres se persignaban en señal de luto.
Luego de andar, desde el inicio mismo del pueblo hasta la cima de Real del Monte, con un frío que llegaba a cortar las mejillas pese al sol, llegamos. El lugar olvidado y descuidado soltaba un vaho helado que tranquilizaba el cuerpo. Varias veces me alejé para respirar profundo, sin que nadie notara. Una y otra vez lo hice, aspiraba todo el aire helado que mis pulmones pudieran tomar y luego lo soltaba de igual forma, lento. Enfríando cada célula del cuerpo con esas extrañas emanaciones de pinos altísimos y de muertos que ya no respiran.
Cuentan las historias que los mineros ingleses que vinieron llamados por los enormes yacimientos de metales del pueblo, trajeron consigo la receta de los pastes. Por la facilidad de mantenerse calientes, este alimento era devorado por los trabajadores dentro de los enormes boquetes tomándolos por una especie de trenza que se forma para cerrar la pasta. Esa parte, que tocaban sus manos era deshechada dentro de la mina para alimentar a los duendes que, según ellos mismos contaban, se refugiaban en el centro de la tierra. Para evitar que los molestaran les convidaban de su comida. Así todos podían ir y venir tranquilos.
Ese día incluso caminé por horas por entre las tumbas, todas de tierra y cubiertas o adornadas por desvencijadas lápidas y cruces deterioradas. Deteniéndome entre los caminitos llenos de lodo, trozos de piedras y un poco de hierba. Repetí los nombres y las fechas como si eso me diera la posibilidad de conocer sus historias. Era obvio que nunca las sabría.
Busqué a los duendes segura de que por ahí debían estar. Escondiendo huesos o celebrando a los mineros que una vez les dieron de comer; perdiendo a los incautos que se dejan llevar por el olor frío del viento en su nariz. No los vi pero su presencia se dejaba sentir en cada ráfaga de airecillo que daba contra cara.
Regresé. En la entrada está su lugar. Ella desde ese tiempo vive ahí, parece que sus hijos respetaron su gusto. Su tierra ya se confunde con la de todos los demás.
Lástima, cuando uno muere, no puede respirar más ese aire fresco, limpio, suave, tranquilizador... hasta saciar las entrañas.
REY
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