Ese día hizo tanto aire que las antenas parabólicas de los techos se despegaron de sus
bases y volaron para ir a estamparse al piso. La ropa tendida en las azotehuelas quedó en el patio central tapizando de blanco y color todo el piso. Una alfombra dispuesta, que pronto fue quitada por las mujeres que corrieron, algunas descalzas, por entre las escaleras.
Se formó un aquelarre que disputaba sin sentido la pertenencia de las camisetas blancas que sus maridos habrían de ponerse para ir al siguiente día a buscarse la vida.
Mal les hizo a todos ver la película de Almodovar. La pusieron en el salón de juntas casi por error, y cuando se dieron cuenta, la historia había atrapado a la mayoría. Vieron los vecinos la cinta y ahora que cada vez que corre, por leve que sea, el airecillo, se piensa en la locura que puede atrapar pensamientos y voltearlos de un lado a otro hasta hacer que la cordura se vaya a un lugar más adecuado.
Pero eso no pasa, o no pasaba, en esta unidad habitacional clasemediera en la que por cada edificio, hay seis, se apilan 36 departamentos de 60 metros con tres ventanas y un boquete que da a la calle, te permite ver desde el cuarto piso, todo lo que pasa en el estacionamiento. Cientos de autos parados el domingo y entre semana de noche. De día casi vacío. Eso no pasa cuando falta el dinero y cada vez más son los desempleados que se bajan de sus departamentos por la mañana a comprar el diario en búsqueda de una "chamba" que les alcance para vivir.
La locura no existe aquí, ni la ficción, ni la fantasía. Todo está lleno de realidad. Tangible y sinsabora (de existir la palabra). Lleva a todos por caminos distintos que coinciden en cierto momento cuando desde hace unos días, el aire se vuelve uno de los temas de conversación en los cotilleos.
Optaron como medida extrema permanecer con las ventanas cerradas y asegurar sus ropas con decenas de ganchillos para evitar que se fuera de nuevo.
Se pertrechan en sus casas malolientes a falta de ventilación y esperan las seis de la tarde, hora en que el aire vuelve, desde hace seis días, y da un recorrido incesante por toda la unidad. Sube, baja, da vueltas, esperando un descuido y llevarse las ropas. Las antenas no las volvieron a poner. Varios carros despostillados fueron suficientes para dejarlos sin ganas de ver tele por cable.
Desde mi casa los observo. Hoy es sábado y varias cervezas los envalentonan. Se enfrentarán con un enemigo sin rostro ni cuerpo que los azota y no los deja salir de casa. Tratarán de atraparlo con una manta cocida y enorme que funcionará a manera de velamen. Se preparan, todos hombres, esperan.
Llega puntual, empieza a recorrer cada centímetro de los edificios. Un remolino imparable. La manta de varios metros se empieza a levantar del piso con muchas manos alrededor sosteniendo. Intentan contenerlo.
Sus caras sorprendidas. Los pies se levantan y en un segundo cuelgan sostenidos por el trozo de tela que les había tocado. Suspendidos, se elevan, se elevan, se elevan... Se pierden. No hay ruido. Expectación quizá un poco. Los que miramos esperamos ver cómo caen y se destrozan los cuerpos al azotar.
Nada. Se alejan como en un gran globo. Se van. Las mujeres quedan tras las ventanas.
Sólo pa quitarse la espinita, y no sentirse culpables, de vez en cuando a las seis en punto, sin nada mejor que hacer se asoman, quién sabe si esperando su regreso...
REY
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