la historia comienza con una mujer con pelo corto, ojos grandes gorra y pants que camina por el centro histórico de la ciudad de México. ha librado bien a dos coches que por su descuido han estado a punto de empujarla de menos. camina sin saber bien a bien a donde ha de dirigirse tras haber comprado un par de cremas y un desinfectante de manos en la farmacia París. quiere seguir, aún es temprano para ir por las pequeñas así que el rumbo se desvía y va a dar justo a Regina. ahí no tendrá que preocuparse por mirar por las esquinas para librar los autos. sólo imaginará a todo lo que le dé su desgastada imaginación.
paso a paso voltea, cada centímetro de esa calle tiene un mensaje que darle. ve las casas recién remodeladas. el estanquillo con muebles nuevos pero que sigue oliendo a viejo. el local en donde arreglan armas y pistolas y no sabe qué más chunches. imagina al señor ahora mismo martillando o lijando alguna partecilla; la mezcalería.
ve la casa vecina y la exposición en turno sobre la calle. esta vez se cuelgan sobre toda una pared cientos de prendas: pantalones, vestidos faldas, blusas, calzoncillos, medietas, sostenes; de todo hay... la expo dice: DESPRENDERSE.
afuera la luz está a todo lo que da. por dentro las casas se ven obscuras, excepto claro aquella... la que hace algún tiempo imaginó que podría estar en venta y ser suya. en la que justo en este momento se ve dentro. para llegar ahí hay que subir unas escaleras, saludar a los del taller que está abajo y abrir la rejilla. respirar el olor a humedad y herrumbe que se junta con el paso de los años.
esta vez las imágenes sólo dan para subir, abrir la pajarera y asomar a la calle. regresa sin avisar y sigue por el empedrado. se sienta a esperar un café con leche en el jekemir. sabe que al terminar tendrá que volar de nuevo al metro para llegar a tiempo. no le importa. lo pide y se asegura de que sea fuerte.
en la espera del mesero se le ocurre que podría escribir una historia sobre la casa que imaginó en venta y que pudo ser suya. escudriña en su bolsa pequeña café. sólo encuentra la libreta con el changuito de Toledo en el frente. no hay una pluma. la pierna empieza a sentir un leve temblorcillo por ver como se le escapa la primera frase con la que ha de iniciar a contar, a escribir.
las uñas están cortas, cortísimas por lo que no tiene nada para morder. se siente entonces sola, muy sola, aunque el cafetín esté lleno de extranjeros y dos meseros le hayan sonreído al entrar.
es cuando se le viene a la mente la idea de mandarse la frase por mensaje celular. sonríe como cuando a todos se nos ocurre una gran idea. casi brinca de gusto. pero se contiene. saca con parsimonía el teléfono y empieza así:
pasé por la calle en la que hubiéramos vivido...
sigue dando cuenta del café, esta vez lo saborea en una espera deliciosa en la que el mensaje ha de llegar y certificará que el cuento irá bien.
pasan uno o dos minutos. de vez en vez voltea disimuladamente al celular. no le dice nada, aún no es tan ridícula como para dirigirse a un aparato. sabe que llegará y en ese preciso momento, llega.
abre la pantalla y empieza a leer. sus ojos no son ahora de los que reciben seguros el mensaje que esperaban.
la sorpresa los invade pero no puede reprimir una leve, pero incontenible sonrisa. el texto dice así:
disculpa quién eres para saber, yo digo, con quien ubiera vivido
un ruborcillo la invade ahora con un estremecimiento en el pecho. cómo es que el mensaje pudo haberse cambiado. en qué jugarreta estaba ahora el destino que había mandado con un número distinto un texto que había sido diseñado para ella misma.
la tentación de olvidar todo y quedarse sentada por horas estaba a punto de invadirla cuando con resolución toma de nuevo las letras y envía:
perdón un error de número lo siento
el destinatario errático está ahora presa de un juego en el que quiere seguir. la incita a seguir.
quién eres no ay problema soo quiero saber esque x un momento me isiste pensar en alguien q yo quiero mucho
pero en ella hay demasiados prejuicios formados a punta de inseguridad y baladronadas. recordemos que vive en la ciudad de México.
nop seguro que no soy, de nuevo lo siento
se imagina entonces una historia distinta en la que las dos personas que ahora conversan por mensaje de texto son amigas y toman un café ahí mismo, en el jekemir en donde se conocieron. lo piensa, pero en todo caso prefiere la imaginacion.
el destinatario entonces desea con desilusión:
ok ojalá y esa persona viva c tigo algún día
ella gasta su crédito una vez más y dice:
suerte.
se despiden así entonces, sin saber el destinatario que formará parte de una historia y el remitente, la remitente se queda pensando...
pasará un buen tiempo antes de que decida levantarse y seguir..
REY
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