hace mucho tiempo que no duermo con un hombre junto a mí. dejé de hacerlo cuando por azares o caprichos del destino, como quiera que se le llame separé mi vida y mis cobijas del que había sido mi compañero por dos años de la vida. por veinticuatro meses o poco más me mantuve con las piernas calientes y los brazos enlazados. más en las épocas de frío, menos con las desaveniencias.
quisiera y con fuerza, lograr recordar la última buena noche que pasamos juntos. no puedo. en cambio sí, tengo presente mi huida con todo y almohada hacia el cuarto de junto. descalza y arrastrando mi alma más que las cobijas me mudé.
el departamento con poco espacio ofrecía no muchas posibilidades. era el piso o dormir medio doblada en una sala más fría que el cuarto de estudio. las pisadas se oyeron por toda la duela como un claqueteo mojado y cimbrante. huellas que se quedaron por varios días, sin marca. un camino que se sabía dónde empezaba pero con una certera ignorancia
de su paradero final.
a partir de ese momento ya no hubo más nunca noches de cobijos, ni de contemplaciones mientras dormía. no hubo tampoco besos a media noche que sin estar despierto me respondía a cabalidad como si me reconociera enmedio de su pérdida de conciencia; ni que decir del sexo, no volvió como en las épocas buenas, salvo tal vez de uno que otro encuentro atropellado y bajo un avergonzamiento posterior que nos llenaba los ojos.
entre el suelo y mi cuerpo se extendió una colchoneta que usamos por varios años para tumbarnos a ver películas ociosas que nunca terminamos de ver.
roja con capitoneado azul era mucho menos acogedora que cuando la compartíamos. con la espalda pegada al suelo el techo parecía más arriba, frente a mis ojos sin sueño un foco lejano se dejaba ver a través de la lampara redonda.
varias hojillas de mariguana la adormaban. verdes y calientes siempre. ardiendo sin quemarse con el calorcillo de los watts escapando por la bombilla.
noté que los espacios se abrían, se expandían a lo largo y ancho de la habitación. el espejo no me devolvía la espalda ancha de un cuerpo batiéndose contra de otro en una batalla inesperada y dulce; agria y suculenta. el reflejo me respondía con lástima: un librero de varios pisos, lleno de literatura y fotos viejas; una taza de café pequeña y con rastros de labial en un extremo; la lámpara; la soledad completa en varios metros a la redonda.
separados por una pared y dos puertas cerradas obstinadamente con llave,
por varias estaciones pude oir su respiración colándose por el piso, entrecortada o tranquila ; sollozante o risueña. variaba según el clima o la hora. aprendí a leerla. sabía mucho más de él que cuando compartimos el mullido colchón de la habitación de junto. supe entonces por el aire expulsado de sus pulmones cuando había tenido malos días en el trabajo, o cuando las victorias le hacían olvidarse de tajo de su vida personal.
conocía con certeza los días en los que soñaba con mujeres distintas a mí, los altibajos. sabía que cuando aspiraba fuerte y luego el ritmo volvía a la normalidad era porque su sexo había encontrado descanso en sueños húmedos y retóricos.
aprendí, sí que lo hice durante todo ese tiempo. en una ocasión el aire soltado por su boca en un suspiro largo y violento me hizo agitarme tanto que tuve que correr al baño para cerciorarme de que aún permanecía en el cuarto. temía que con tanto jaleo se hubiera escapado de su cuerpo y en ese mismo instante volado hacia la ventana abierta de par en par.
como decía antes, hace mucho tiempo que no duermo con un hombre junto a mí y cuando alguno me pide que lo haga me aseguro que en casa tenga dos cuartos, nunca uno sólo. uno junto a otro y que por orilla de la puerta luego de hacer el amor, pueda escuchar sin interrupción el sonido del aire. rastros de su respiración.
rey
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