martes, 30 de diciembre de 2008

Vecina (nueva versión)

Por si me quieres escribir, estaré pendiente de la señal de la computadora. Cuéntame ya de una vez lo que sucedió esa noche.

***

Hacía más de cinco años que no la veía y los pretextos se me habían terminado. Quizá durante esta última visita a nuestro departamento tendríamos que hablar de una vez por todas y poner las cosas en claro.

Por ese tiempo decidimos compartir un pisito cerca del metro Sevilla. Reforma nos quedaba a tres calles. Ambos caminábamos a un trabajo malpagado pero cercano, qué ventaja. Ella salía a las ocho de la mañana, aún amodorrada, dando sonoro portazo, que a mí, malhumorado desde tempranas horas, hacía que la maldijera.

– Chale morra, ¿qué no puedes ser respetuosa con los que se acuestan a las dos de la madrugada? – mascullaba.

Yo salía cerca de las nueve, tras bañarme y rigurosamente desayunar cereal con leche deslactosada mezclada con la poca fruta que alcanzaba a comprar el fin de semana. Me enfrentaba al espejo y lo que veía rara vez me agradaba. Es más, no recuerdo con certeza desde cuándo mi rostro amanecía hinchado y ojeroso.

Habíamos decidido compartir el piso tras un reencuentro fortuito, luego de mucho tiempo de no coincidir, sin preámbulos, condiciones, ni muchas palabras de por medio.

La encontré dentro del túnel del metro Chapultepec, esperando a alguien que nunca llegó. Su voz, rasguñando mi oído, susurró alguna frase de reclamo que ahora no recuerdo. Sentí un leve escalofrío. Ella se carcajeaba al ver la sorpresa que había causado en mí. Al escuchar su voz melodiosa, aguda y sarcástica, casi tuve una erección.

Cuando la miré con detenimiento todo se vino abajo. Su figura seguía siendo la misma. La blusa entreabierta me dejó ver sus pechos firmes que se movían rítmicamente con cada acceso de risa. Me acarició el rostro barbudo de una semana y plantó dos besos en cada una de mis mejillas. No pude decir más.

Pude ver como varios tipos me miraron con envidia. Su vestido corto blanco estampado de flores y su falta de discreción hizo que algunos otros metiches voltearan a vernos, reprobándonos. Me gustaba su cuerpo pero era más la complicidad con la que nos habíamos hecho durante la Universidad y que nos había hecho los mejores amigos. Ahora me sentía timorato ante su desconocida, para mí, radiante sensualidad.

Acomodé con torpeza su larga melena y fuimos a un café cercano. Me contó que vivía en los suburbios más alejados de la ciudad. Dos horas antes tenía que esperar para abordar el primer autobús que la trasladara de Santa Fe hacia el metro Observatorio. Mi historia era similar. La idea de compartir un lugar se gestó ahí mismo, al calor de su humeante y acanelado capuchino y mi escaso pero perturbador expreso.

A la semana ya compartíamos el piso. Muy accesible por cierto, para estar en esa zona rodeada de oficinas del IMSS. Sin embargo, rara vez coincidíamos. Las charlas, por lo tanto, las extendíamos hasta bien entrada la noche. Llegaba exhausta con las diminutas memorias de 16 gigas, repletas de fotografías. Aún así, se daba tiempo para tomarme imágenes de las partes de mi cuerpo que yo le permitía retratar.

Fue armando, sin que yo percatara, las pistas de nuestra nueva vida y las imprimía y exhibía en cada una de las paredes de su recámara. Ahí estaba yo, preparando el desayuno. En el baño cubriéndome apenas con una toalla. Fumando. Leyendo un libro recargado sobre la ventana. Ella tomando leche por la noche. Fumando un churrito mal liado. Nuestras manos. Su nariz. Su boca. La única ventana con vista a la calle. El cielo desvaneciéndose para convertirse en total oscuridad.

Esa ventana que daba a la calle la gané yo mediante un juego de palillos chinos –el ajedrez y la baraja se le hacían muy complicadas. La gané la primera noche y me instalé como rey. Metí mi colchón, mis libros, una mesa de noche, una lámpara, ropa y las pocas pertenencias. Sin cortinas, los vidrios aún con una capa de polvo grueso y negro me ofrecían un panorama de por lo menos cinco ventanas del edificio trasero. Una torre recién construida, lofts (decía la propaganda). Al día siguiente compré un periódico y recubrí gran parte de la vidrio, cuidando que una rendija estuviera libre y mis lentes pudieran atisbar hacia afuera. Así dividimos y al mismo tiempo unimos nuestras vidas.

El tiempo libre que me quedaba por las noches lo dedicaba a vigilar una de las pocas ventanas sin cortinas, la ventana justo enfrente. A diferencia de los coreanos jóvenes, habitaba una mujer de edad avanzada. Casi una anciana. Se levantaba cerca de media noche, iba al cuarto del baño y regresaba a su cama. Yo la miraba con las luces apagadas. Ella reposaba con la luz de una lámpara. Se mecía en la cama durante un rato, como esperando que el sueño por fin la venciera. Luego tomaba el teléfono y pasaba varios minutos con el auricular en el oído. Sus manos se movían en círculos. Quizás discutía. Luego se quedaba quieta y colgaba el aparato con calma. Después de un tiempo, en que dejaba de moverse, yo me recostaba y dormía. Me preguntaba con quién y qué hablaría a esas horas.

Gracias al ruido matutino de mi roomie al bañarse y salir despertaba y me asomaba de nuevo a la ventana. Poco a poco fui tomando el tiempo y midiendo su rutina. La viejita se levantaba a las ocho y media, justo cuando la cabrona de mi partner azotaba la puerta.

Se me hizo costumbre vigilar sus movimientos. Pero a las nueve en punto salía apresurado al baño. Ya en la regadera pensaba que no me divertía ni me excitaba ver cómo se desvestía. Algo me decía que más allá de un simple voyeurismo gerontofílico descubriría algo más profundo, más perverso. Y así pasé casi dos años espiándola una noche sí y otra también.

Un día, tenía que ser, mi vecina entró sin tocar la puerta y me sorprendió mirando a mi vecina preferida. Entonces ya no había periódicos, sino una persiana bien instalada. Traía una toalla amarrada sobre la cabeza y el agua le escurría sobre los hombros. Verla de esa forma y a esa hora de la mañana me inquietó, sobre todo porque, coqueta como es, me dijo si le ayudaba a untarse crema en la espalda.

Por esos tiempos había terminado con su novio en turno, un pacato que evité todo el tiempo. Apenas volteé: no mames, güey, póntela tú. Azotó la puerta y me dijo: estás enfermo, cabrón, mira que pasártela mirando a una viejita, estás enfermo.

Se fue. Con la puerta cerrada pude seguir mi contemplación. La mujer de enfrente se estaba alzando los calzones.

El sábado siguiente mi compañera organizó una fiesta a la que asistieron todos sus amigos artistas. Fotógrafos, escultores, escritores. Una buena cantidad de gente más preocupada por el reconocimiento general que por externar sus habilidades creativas. Llenaron la sala, la cocina, el cuarto de ella. Las cervezas caldearon el ambiente y el olor dulzón y repugnante de la mota comenzó a invadir mis pulmones.

Cerca de las dos de la madrugada, aburrido y harto de charlas superfluas sobre temas que desconocía, me refugié en mi habitación, cuidando que nadie me siguiera. Mi compañera fajaba con un tipo, que desde que entró pensé que era gay, olvidando al resto de los comensales. El insoportable volumen del iPod cubrió mi huida y al frente de mi ventana me dediqué a observar la conocida y rutinaria escena de enfrente.

Ahí estaba, reposando, la viejita solitaria. Un pie le colgaba del colchón. Pasados unos minutos, sin traicionar su fiel costumbre, comenzó a revolcarse sobre su cama. Era el momento en que iría al cuarto del baño, encendería la luz, se sentaría sobre el retrete y regresaría a continuar moviéndose entre las colchas hasta quedarse inmóvil, dormida. Pero no se levantaba, comencé a preocuparme y pensé que la vejiga se le reventaría.

Se estremecía de un lado para el otro, las cobijas estaban de lado sin cubrirla y pude ver que su mano hacía una especie de concha en su entrepierna.

Sentí el impulso de llamarle por teléfono. El recibo con su número lo había conseguido un día en el que el cartero recién lo depositó, junto con otros, en el buzón. No fue difícil, era la única entre todos los coreanos que tenía un nombre cristiano.

Pero no me atreví, que pensaría ella y qué podría decirle yo. ¿Que quizás tenía una pesadilla? ¿Llamarle a esa hora para que no se orinara en su cama? Si todo ese tiempo la había visto era más por curiosidad, a la espera de algo insólito, no de que la traicionara la vejiga. Es más, para qué carajos había estado espiándola si no había presenciado más que una rutina que ahora me parecía excepcional, anómala si se puede llamarla así.

Pero no dejaba de inquietarme. Ella no me conocía. Jamás me había descubierto o eso pensaba yo. Nunca nos habíamos siquiera encontrado en la tienda ni en el super, ni en ningún otro lugar.

En ese momento el estúpido amigo de mi roomie tocó a la puerta. Fui a abrirle para ver qué carajos se le ofrecía. Dijo tonterías de ebrio, lo soporté dos minutos diciéndole que la fiesta y el baño y la música eran algo que estaban en otro lado. Suficiente tiempo como para no poder evitar lo que estaba a punto de ocurrir en el departamento de enfrente. Forcejeamos un poco y lo alejé de mi habitación y se empeñó en entrar y me rasguñó. Le cerré la puerta como pude. Escuché sus quejidos detrás de la madera

De inmediato regresé a la ventana mientras los chillidos se iban apagando. Algo me intranquilizó. El pie de ella permanecía en la posición en la que la estaba cuando la dejé de ver, pero sus manos colgaban inertes. La luz del baño estaba encendida. ¿Quién la había encendido? Mala señal. En los dos años nunca había olvidado apagarla y ella ni siquiera la había prendido, o por lo menos no la había visto hacerlo.

Sin vacilar corrí hasta la salida esquivando a todos los invitados. Recorrí en dos minutos la distancia que nos separaba. Entré en su departamento. La puerta abierta me dio otro golpe en el corazón. Algo malo sucedía. Quizá tenía que ver con las llamadas. Fui hasta su cuarto.

La imagen me desquicia aún ahora que la recuerdo. Quiero borrarla pero permanece. Se desliza en mis noches de insomnio, cuando me niego a dormir sin asomarme siquiera a cualquier ventana.

Esa madrugada regresé a mi cuarto. Atravesé la estancia en medio de cuerpos que reposaban tranquilos presas del alcohol o de la mariguana. Los ojos de mi amiga eran un marasmo de confusión, perdidos. Lloré hasta bien entrado el día.

Una vez que se levantó, mi roomie vino a verme pasado el mediodía. Luego de darme un poco de jugo y reanimarme dijo que mi camisa estaba cubierta de sangre. Me ayudó a quitarla y a ducharme, pensando que yo mismo o su novio gay me había lastimado.

Ese mismo día empaqué. Ya nada me detenía en ese lugar.

REY

lunes, 29 de diciembre de 2008

Vecina (primera versión)

Por si me quieres escribir, estaré pendiente de la señal de la computadora. Cuéntame ya de una vez lo que sucedió esa noche.

Tenía más de tres años de no verla y los pretextos se me habían terminado. Quizá durante esta vista a nuestro antiguo departamento tendríamos que hablar de una vez por todas. En ese tiempo, compartíamos un piso cerca del metro. Ambos íbamos al trabajo caminando. Ella a las 8 de la mañana salía dando tremendo portazo que a mí, malhumorado desde tempranas horas, hacía que la maldijera inevitablemente. –Pinche vieja, qué no puede ser respetuosa con los borrachos que se acuestan a las dos de la madrugada?

Yo salía cerca de las 9, tras bañarme y rigurosamente desayunar mi cereal con leche deslactosada y la poca fruta que alcanzaba a comprar el fin de semana. Me acercaba al espejo y lo que veía, rara vez me agradaba. Es más no recuerdo con certeza desde cuándo mi rostro no amanecía hinchado por beber tanto alcohol.

Decidimos compartir el piso tras un breve reencuentro luego de mucho tiempo de no coincidir. Me la encontré en la estación del metro Chapultepec. Su voz a ras de mi oído me susurró alguna pendejada que ahora no recuerdo. Yo sentí un leve escalofrío y voltee de inmediato. Ella se carcajeaba al ver la sorpresa que había causado en mí. Me cae que al sonido de su voz casi tuve una erección. Ya cuando la reconocí todo se vino abajo. Su figura seguía siendo la misma. La blusa entreabierta me dejó ver sus pechos firmes que se movían rítmicamente con cada acceso de risa. Me agarró la cara con sus dos manos y plantó dos besos en cada una de mis mejillas.

Varios tipos me miraron con envidia. Su vestido corto y su falta de discreción hizo que todos los pasajeros voltearan a vernos. Claro que es guapa, pero la complicidad con la que convivimos en la universidad nos había hecho los mejores amigos y me imposibilitaban un poco ante su sensualidad.

Peiné un poco su melena larga y nos fuimos a un café cerca de ahí. Me contó que vivía en los suburbios más alejados de la ciudad. Dos horas antes tenía que estar esperando para tomar el primer autobús que la llevara de Santa Fe hasta el metro Observatorio. Mi historia era similar. La idea de compartir un lugar se gestó ahí mismo al calor del capuchino de ella y del expreso que acostumbro siempre antes de dormir.

A la semana ya compartíamos una renta, un lugar y de vez en cuando coincidíamos en alguna reunión de las que frecuentemente comenzamos a organizar tras mudarnos. Las pláticas las extendíamos hasta bien entrada la noche. Algunas veces, ella llegaba casi exhausta con sus artífices de fotografía y tomaba imágenes de todas las partes de mi cuerpo que yo permitía que viera. Fue armando casi sin darnos cuenta, todas las pistas de nuestra vida. Sin censura las exhibía en una de las paredes de su recámara. Ahí estaba yo, preparando el desayuno; en el baño cubriéndome apenas con la toalla; fumando; leyendo un libro; ella, tomando leche; fumando un porro; nuestras manos; la nariz, su boca.

La única ventana que daba a la calle, de nuestro departamento, la gané yo mediante un juego de naipes en el que apostamos el mejor cuarto. Quiso dios darme su venia esa noche y me instalé como rey. -Ja. Le dije,- ahora si ya te atoré. Entré con mi colchón. Mis libros. Una mesita de noche para la lámpara. Mi ropa y demás pertenencias. Sin cortinas, los vidrios con una ligera capa de mugre me ofrecían un panorama de por lo menos cinco ventanas de mis vecinos. Al día siguiente compré un periódico y recubrí gran parte, cuidando que una rendija estuviera libre y mis lentes pudieran acomodarse perfecto.

Así dividimos y al mismo tiempo unimos nuestras vidas. El tiempo libre que me quedaba lo dedicaba a vigilar a la ventana de la derecha. Vivía una mujer de edad avanzada. Casi una anciana. Teníamos casi sincronizados nuestros relojes nocturnos. Se levantaba a las dos de la mañana. Orinaba y regresaba a su cama. Las cortinas como dispuestas para mí me dejaban ver todos sus movimientos. Luego tomaba el teléfono y pasaba largos minutos al parecer discutiendo, pues sus manos no dejaban de moverse. Volvía a dormirse.

No se levantaba sino hasta las ocho y media, justo cuando la cabrona de mi partner azotaba la puerta. Tomé de costumbre vigilar sus movimientos. No me divertía ni se me antojaba hacerme ni una minichaquetita cuando se desvestía, pero algo me decía que de un momento a otro podría tener una recompensa a mis fieles vigías. Pasé casi dos años esperando.

Escurriendo del pelo y con la toalla amarrada, una vez mi compañera de cuarto me sorprendió mirando a mi vecina preferida. Su cuerpo realmente me pudo haber inquietado, sobre todo cuando insinuante me dijo que si la ayudaba a poner crema en su espalda. Por esos tiempos había terminado, creo, con su chavo. Apenas si voltee y le dije, -no mames guey, póntela tú. Azotó la puerta y me dijo: -estas enfermo guey, mira que pasártela mirando a una viejita, estás cabrón. Se fue. Con la puerta cerrada pude seguir mi contemplación. La mujer de enfrente se estaba alzando los calzones.

El sábado ya estaba todo. Mi compañera organizó una fiesta a la que asistieron todos sus amigos artistas. Fotógrafos. Escultores. Escritores. En fin, una buena cantidad de gente más preocupada por el reconocimiento general que por externar sus habilidades creativas, llenaron mi sala, la cocina, el cuarto de ella, el mío no. Las cervezas caldearon el ambiente y el olor dulzón de la mota comenzó a llenar mis pulmones.

Cerca de las dos de la madrugada, aburrido me metí a mi cuarto, cuidando que nadie me siguiera. Mi compañera estaba fajando con un cuate que desde que entró pensé que era gay. El ruido del estéreo a todo volumen camuflageó mi huida y ya dentro me dediqué a observar a la ventana de la derecha.

Ahí estaba, dormida. Un pie se le salía del colchón. Pasadas las dos comenzó a moverse inquieta. Su vejiga la urgía, pero el sueño se negaba a soltarla. Me preocupe. Sentí que iba a orinarse en la cama. Se volteaba de un lado para el otro y una mano se detenía en su entrepierna.

Sentí el impulso de llamarle por teléfono. Lo había conseguido un día en el que el cartero se equivocó de buzón y puso su recibo en el mío. Descarté la idea. Eso sólo daría certeza de mi locura. Ella no me conocía. Nunca nos habíamos siquiera encontrado en la tienda, ni en ningún otro lugar.

Un estúpido amigo de mi compañera tocó a mi puerta. Descuidé mi observación. Sólo unos minutos. Suficientes como para no poder evitar lo que estaba a punto de ocurrir en la acera de enfrente. Fui a abrir y le expliqué de lo más cortés que el baño quedaba justo en la puerta de enfrente. Tardo en entenderme.

De inmediato regresé a la ventana. Algo me intranquilizó. Su pie permanecía en la posición en la que la estaba cuando la dejé de ver, pero sus manos colgaban inertes de su cama. La luz del baño estaba encendida. Mala señal. En los dos años nunca había olvidado apagarla.

Sin vacilar corrí hasta la salida esquivando a todos los invitados. Recorrí en dos minutos la distancia que nos separaba. Entré en su departamento. La puerta abierta me dio otro golpe en el corazón. Algo malo sucedía. Quizá tenía que ver con las llamadas. Fui hasta su cuarto.

La imagen me desquicia aun ahora que la recuerdo. Quiero borrarla pero permanece. Se desliza en mis noches de insomnio, cuando me niego a dormir sin asomarme siquiera a cualquier ventana.

Esa madrugada regresé a mi cuarto. Atravesé la estancia en medio de cuerpos que reposaban tranquilos presas del alcohol o de la mariguana. Los ojos de mi amiga me los encontré en un marasmo de confusión. Lloré hasta bien entrado el día.

Mi compañera de piso vino a verme como al mediodía. No se sorprendió de mi camisa cubierta por completo de sangre. Hasta me ayudó a quemarla y a lavarme las manos y la cara.

Ese mismo día empaqué. Ya nada me detenía en ese lugar.

REY

Búscame Elisa

Empecé a ser puta por culpa de un trabajo que me pidieron en la universidad.

La tarea parecía sencilla, elaborar una investigación acerca de cómo vivían las sexo servidoras de mi ciudad. Yo lo escogí en medio de una larga lista que nos enseñó el profesor de reportaje, no por alguna razón en especial, sino porque los otros eran a mi parecer intentos por subrayar nuestra incipiente estupidez. Cuando alcé la mano para ser quien llevara un gran trabajo sobre el tema, recuerdo bien que todos me miraron sorprendidos y hasta con un dejo de envidia ante mi resolución.

Yo misma en un pequeño desprendimiento de personalidad vi mi delgado cuerpo con la mano bien arriba para que no hubiera la menor duda de que era la número cinco de la lista.

La historia comenzó a escribirse entonces una noche bien fría. Me metí al baño y dejé que el agua caliente bañara mi cuerpo después de haberlo enjabonado suficiente. Postergué el tiempo en la regadera más allá de los tres minutos, que según una revista española, son los necesarios para dejarte limpio. Ja.

Me sequé con la toalla dispuesta para mí en un amplio cajón del baño. Brevemente observé mi torso. El espejo me devolvió una imagen demasiado común para ser tomada en cuenta. La loción me refrescó un poco la conciencia. Salí resuelta.

Pantalones de mezclilla, botas, un suéter bastante grueso con una bufanda y una gorra como de ferrocarrilero, según un amigo de la universidad, me ayudaron a llegar a Sullivan. Descarté llevar mi bolsa de Prada, pues creí que llamaría la atención de alguno que otro raterillo que seguramente deambularía a esas horas por la vieja ciudad.

De la Condesa hasta la esquina de Gabino Barreda y Sullivan, el taxista hizo varios intentos por inmiscuirme en su plática. Entre su familia y sus constantes conquistas, con las que pretendía demostrarme su hombría, tenía un parloteo dentro del coche que francamente ignoré. Mi concentración y un ligero cosquilleo en el estómago me decía que algo, aún no sabía exactamente qué, sucedería y cambiaría mi destino.

Yo en ese momento se lo atribuía a los nervios comunes que dan a cualquier estudiante en ciernes al hacer sus primeras entrevistas.

Aquí bajo, le dije al del volante. Me miró a través del retrovisor con unos hermosos ojos suspicaces, y sin ocultar la sonrisa me preguntó: -Qué, a poco aquí trabajas gûera?
Como respuesta recibió un portazo que seguramente descompuso su coche. A los pocos segundos comprendí su burla.

Frente a mí vista se extendía una fila de mujeres, entre 18 y 30 años, con cuerpos perfectos. Pese al intenso frío de la noche invernal, ellas posaban con faldas que apenas cubrían sus nalgas firmes y redondas; ombligueras ajustadas ventilaban sus vientres planísimos y algunas abrían provocadoras abrigos obscuros para dejar ver su fina lencería roja, blanca o negra.



Una larga formación de autos, de todos tipos provocaba un tráfico ya bastante usual en esa zona, según me contó un hombre que permanecía recargado sobre una cabina de teléfono.

Estuve largo rato observando y caminando por la acera de enfrente. Suficiente, como para darme cuenta que en el plano principal, el más cercano a los vehículos, se ofrecen las chavas más buenas y jóvenes, en tanto que unos pasos más atrás, están las mujeres un poco más maduras aunque igualmente con cuerpos casi perfectos. Las más grandes, y que llamaron poderosamente mi atención por sus peinados de salón, se encuentran cerca del hotel que está en la esquina de Gabino Barreda. Seguramente tendrán sus clientes, porque nunca fallan. Viernes, sábado y domingo se plantan ahí de 8 a 2 de la mañana a la espera de los que ya no pueden pagar tanto como cobran las chavillas.

Pues en esas estaba, cuando me decidí a ver si podía platicar con alguna de las estrellas. Sólo quería una historia, lo juro. Me atravesé e intenté abordar a una de ellas. Elisa. Con el cabello largo hasta la cintura y pintado de rubio. Mallones azul eléctrico y un suéter amarrado debajo del pecho hicieron que me fijara en sus pezones erguidos por el airecillo que congelaba la sangre.

Con grabadora en mano, le dije un poco titubeante que si podía entrevistarla. Su mirada fue de hartazgo, burla y qué sé yo qué más….-Vete a la chingada, estamos trabajando. Creo que me dijo. Para esto, yo estaba ya metida hasta el cuello. En medio de tanta puta, es imposible no sentirse una de ellas.

Insistí e insistí, hasta que la misma Elisa, quien es hasta ahora una de las más guapas que se ponen en Sullivan, alzó la voz y les dijo a todas, que una mensa, o sea yo, estaba queriendo sólo hablar con ellas. El “sólo”, lo subrayó como para dejar en claro mi estupidez.

Todo el grupo, 15 en total, se rieron hasta la saciedad. Ahora que lo pienso, debió ser una escena de lo más rara. Algo se dijeron, después lo supe con exactitud.

Envalentonadas por su aspecto y sarcásticas por el mío, expusieron. El trato era el siguiente: debía pararme ahí con ellas, sin importar cómo venía vestida ni mi ignorancia en el tema, y conseguir que un guey del desfile de coches me preguntara el precio. Si eso sucedía en los próximos 20 minutos, no sólo Elisa hablaría conmigo, sino Carmen y hasta La Lupita, que según me contaron llevaba más tiempo en pasaje.

Ya en el ajo, dije que sí. Vale pues. Qué habría que perder? Por el contrario, si conseguía una historia así, quizá hasta mi maestro la pudiera leer al frente de mi clase.

El padrote, un tipo de casi 30 años, me miró al principio con desconfianza.

Me paré junto a ellas. Junto a Elisa y otra morena, que nunca me quiso decir su nombre. Una risita nerviosa nos contagiaba a todas. Era la botana de la noche. Nunca se habían topado con una loca que por una entrevista se hiciera pasar de puta, para conseguirla. Todas lanzaban frases burlonas y con risotadas vulgares me alentaban a que me quitara la chamarra o la bufanda siquiera, para parecer un poco cachonda. Ja.

Algunos minutos después, un auto se paró justo donde yo estaba. Expectación. Las risas se esfumaron y Elisa me empujó ligero con el hombro. Me aventuré. Recargue los brazos en la portezuela y le dije, por decir algo: -Mil 500. Suponía que el tipo desistiría de inmediato.

El cuate, con un rostro como el de veinte que he visto en la universidad, me enseñó su bragueta y me hizo un gesto de invitación. Elisa se acercó entonces y le dijo: Si te la llevas, yo voy de regalo papi. Él se enderezó y regateo un poco. Ella negó coqueta con el dedo. Pocos segundos después abrió la puerta y en un tris estábamos arriba del coche.

De lo que sucedió después no tengo una crónica exacta. Sólo sé que no le podía quitar la vista de encima a Elisa y que mi cuerpo cobró en sus manos y lengua de pronto una importancia extraña. Del chavo nos olvidamos y sólo recuerdo que se sentó en una silla de metal que había en la habitación del hotel Gabino Barreda. Nos estuvo mirando hasta que harto de no participar salió dejando tras sí un intenso olor a vino.

Al otro día desperté, cubierta de sudor. Sobre el buró desvencijado había dos billetes de 500 pesos, una nota con faltas de ortografía y firmado por un beso con labial profundamente rojo. –Lo que vuscabas anoche esta en la gravadora. Buscame.

Me metí a la regadera y en tres minutos estaba fuera. Salí a la calle con dos secretos; en una mano los billetes y en otra la grabadora, con una cinta que probablemente no oiría jamás.

REY