Es raro remontarte hace diez años en que nos manejabamos apenas sin tecnología. los celulares eran grandes aparatos que tenían cierta dosis de vergonzante comportamiento al sonar impacientes en cualquier lugar. pesados y abultosos demostraban como es debido la capacidad de compra de sus poseedores. los computadores ni por asomo lograban la velocidad de lo que son ahora, pero sí aventajaban al menos a las máquinas de escribir mecánicas al esconder los sonidos violentos de las teclas al estrellarse contra el papel.
había cosas que se ignoraban y otras tantas que se dejaban pasar. la vida transcurría sin sobresaltos de ver un mail esperado, o sin la zozobra de aguardar a que un cibernauta se conecte al msg para poder intercambiar conversaciones ambiguas, llenas de emoticones o signos que evidencian tu edad, tu sexo, tus preferencias y hasta tus disgustos.
nadie puede esconderse en una red social, si por equivocación la abres todo el mundo ha de encontrarte y deducir que ha sido de ti en tus periodos brillantes y aun en los más oscuros.
ni que decir de google, el buscador más famoso y más efectivo. ahora es raro no pensar en este cuando por tu mente pasan todo tipo de preguntas, desde las más sencillas hasta las más intrincadas.
vertiginosa puede volverse cualquier rutina diaria. si eres ingeniero, doctor, periodista, ama de casa, estudiante y hasta los que no son nada de nada, se vuelcan horas enteras a una red de la que nunca vemos con certeza su composición, es un ente al que te subes en una especie de surfeo que puede manejarte a la menor provocación o ignorancia. te hace vulnerable y te vuelve adicto.
actualmente ves el poco alcance que tienes cuando no puedes googlear cosas realmente importantes.
frustración intensa te vence cuando ves un número en desconocido en tu celular y no puedes descubrir su identidad ni tecleándolo; cuando ves los volcanes recubiertos de nieve y no puede la máquina decirte por qué es que lucen de distintos colores conforme transcurren los días, las horas, los minutos; como es que las nubes forman sus trazos caprichosos y se colorean o se encapotan al cambiar el clima.
como esos hay mil ejemplos más. buscar en google a la menor provocación es adictivo, sin embargo no hacerlo también puede traer varias certezas, no sé si mejores, al menos nostálgicas, sí.
REY
martes, 23 de febrero de 2010
viernes, 12 de febrero de 2010
desde la azotea
ver las ciudades desde lo alto de una azotea da un aire de superioridad inmejorable a quien lo hace. eres por lo menos en ese momento el dueño del aire que circula por las cabezas, lo aspiras y ves derretirse frente a tus ojos los techos con la luz de la luna o del sol.
he estado en varias. en un recuento breve, recuerdo uno en el que trepabamos mi hermano y yo sorteando las láminas de un tendajón que había puesto su padre, mío también, para que no se mojara la leña que guardaba para épocas de frío. aunque aún no tengo bien claro para qué sin nunca tuvimos chimenea, y el boiler antiguo fue cambiado por uno más eficiente de gas.
ahí subíamos luego de que todos se habían dormido y yo huía de la vigilancia materna que no dejaba que trepara a lugares altos. tendría 16 o 17. fumamos ahí mi primer cigarro y alguna que otra vez pertechamos botellines con alguna bebida con poco alcohol.
confesabamos nuestros secretos y cantabamos canciones o sólo hablábamos hasta bien noche o madrugada. algunas veces subíamos luego de comer tacos en la esquina y volvíamos para asegurarnos que nadie se había dado cuenta de nuestra ausencia.
así fue hasta que nos despedimos, él fue a probar suerte al "otro lado" y yo sólo escalaba de vez en cuando.
en el centro de mi ciudad también he visto desde arriba las calles sin gente e iluminadas por luces doradas. en una fiesta en donde casi no entendía palabra alguna, escapé para ver si la bandera ondeaba con fuerza pese al frío. no, la bandera ni se movía pero yo tuve un impulso de gritar para probar que me oirían los pocos que abajo caminaban.
en cuba. también. ví la ciudad de noche y de día desde arriba. lejos del bullicio y con la oscuridad a cuestas daban ganas de saltar de techo en techo hasta saciarte con la vista. no lo hice. pero me lo llevé en un memory stick que poco después se perdería y no
volvería a verlo en imagen. con el recuerdo basta.
otro día. un haz de luz hizo juego con la luna. sin despegar la vista corrieron los minutos, las horas, hasta que fue el tiempo de bajar y dejar de ver los hoteles y departamentos del frente con historias contenidas dentro de sus ventanales.
en el trabajo encontré también la posibilidad. bueno me la enseñaron. ahora puedo ver desde ahí los volcanes, los estacionamientos del frente y de vez en vez hasta las siluetas definidas de personas en el hotel de la calle paralela.
hasta arriba es fácil imaginar. pensar en lo que tiene el otro en la mente. divagar y comenzar a elevarte, en un viaje alto, sin regreso. del que sólo tienes conciencia cuando la gravedad te atrae, te jala.
REY
he estado en varias. en un recuento breve, recuerdo uno en el que trepabamos mi hermano y yo sorteando las láminas de un tendajón que había puesto su padre, mío también, para que no se mojara la leña que guardaba para épocas de frío. aunque aún no tengo bien claro para qué sin nunca tuvimos chimenea, y el boiler antiguo fue cambiado por uno más eficiente de gas.
ahí subíamos luego de que todos se habían dormido y yo huía de la vigilancia materna que no dejaba que trepara a lugares altos. tendría 16 o 17. fumamos ahí mi primer cigarro y alguna que otra vez pertechamos botellines con alguna bebida con poco alcohol.
confesabamos nuestros secretos y cantabamos canciones o sólo hablábamos hasta bien noche o madrugada. algunas veces subíamos luego de comer tacos en la esquina y volvíamos para asegurarnos que nadie se había dado cuenta de nuestra ausencia.
así fue hasta que nos despedimos, él fue a probar suerte al "otro lado" y yo sólo escalaba de vez en cuando.
en el centro de mi ciudad también he visto desde arriba las calles sin gente e iluminadas por luces doradas. en una fiesta en donde casi no entendía palabra alguna, escapé para ver si la bandera ondeaba con fuerza pese al frío. no, la bandera ni se movía pero yo tuve un impulso de gritar para probar que me oirían los pocos que abajo caminaban.
en cuba. también. ví la ciudad de noche y de día desde arriba. lejos del bullicio y con la oscuridad a cuestas daban ganas de saltar de techo en techo hasta saciarte con la vista. no lo hice. pero me lo llevé en un memory stick que poco después se perdería y no
volvería a verlo en imagen. con el recuerdo basta.
otro día. un haz de luz hizo juego con la luna. sin despegar la vista corrieron los minutos, las horas, hasta que fue el tiempo de bajar y dejar de ver los hoteles y departamentos del frente con historias contenidas dentro de sus ventanales.
en el trabajo encontré también la posibilidad. bueno me la enseñaron. ahora puedo ver desde ahí los volcanes, los estacionamientos del frente y de vez en vez hasta las siluetas definidas de personas en el hotel de la calle paralela.
hasta arriba es fácil imaginar. pensar en lo que tiene el otro en la mente. divagar y comenzar a elevarte, en un viaje alto, sin regreso. del que sólo tienes conciencia cuando la gravedad te atrae, te jala.
REY
martes, 9 de febrero de 2010
martes, 2 de febrero de 2010
Sabe Dios...
no voy a desperdiciar mis últimos días o meses o sabe Dios qué tiempo en lamentaciones inútiles que no harían sino mermar mi exigua energía. en otros tiempos lo llamaría ánimo, pero la vida, que dicen que es sabia, me enseñó que no es así. el ánimo no existe si uno mismo no se lo crea, se lo figura diria mi madre. a partir de este momento mido mis posibilidades a) por la capacidad que tenga mi cuerpo de movimiento, b) por las ganas que tenga de vivir y sentir.
una ligera molestia al orinar me llevó a donde estoy ahora. las primeras noticias las tengo mirando de frente al techo en un cubículo esterilizado de laboratorio y viendo los recuadros que lo adornaban, puedo contar de uno en uno, mientras la técnico me escudriña con un aparato la zona abdominal, renal, y casi ginécológica. no me siento tan vulnerable como en otros momentos. siquiera no tengo que poner las piernas abiertas sobre unos estribos que vulneran mi postura y si bien no hacen que me sonroje sí me ponen en una situación de indefensión que a veces me hace sufrir hasta las lágrimas.
por ahora no es así. tengo los pantalones apenas abajo, en donde empieza la cadera, así que estoy con toda la barriga descubierta y en espera de que me digan cómo es que debo moverme. el gel, frío, como bien me previene la mujer, se esparce con facilidad sobre mi piel y sólo me provoca ligeros estremecimientos.
con un escaner manual me oprime y mis ojos que con obstinación ahora están cerrados, a veces se aprietan cuando el aparato se pasea por mis costillas. el dolor me trasgrede los órganos internos. los oprime sin medir si hiere o simplemente revela.
de cuando en cuando volteo a ver la pantalla de una computadora que me parece vieja para diagnosticar mi estado. veo masas informes que no puedo interpretar. ella se detiene, marca tamaños y densidades, según me explica.
-por qué te mandaron el estudio?
dice tuteándome, porque no ve mi edad real, se guía sólo por mi cara de ratón asustado en espera de que le digan que puede irse a mordisquear tranquila un trozo de queso. le explico brevemente y noto duda en su rostro. en mis brazos empieza entonces un estremecimiento involuntario que crece, aumenta y parece que se reproduce hasta las piernas. mis riñones también se mueven. puedo sentir cada palmo de mi piel esperando su respuesta. baja un poco el rastreador y pregunta otras cosas que aunque no soy experta supongo no son relativas a la causa por la que vine aquí.
-relájate. respira profundo...
obedezco. pienso entonces en días atrás. en años atrás. pienso en mi vida como en trozos camino de los que me han acompañado en uno o varios trayectos. la pienso como un dictamen judicial que habrá de hacer alguien en cualquier momento, en el cual se medirá lo legal e ilegal que pude haber hecho y a partir de este se emitirán juicios de valor, que por suerte no presenciaré. no estaré para ver su verdicto.
en ese pequeño espacio y sobre aquella cama dura de laboratorio, vuelvo a los días de playa; a las conversaciones largas; a las manos de mi padre oliendo a jabón; a los chocolates atascados en mi boca en una guerra con las niñas por ver a quien le caben más; veo mis discusiones por lo que creo y hasta por lo que no; veo mis libros y mis letras; veo a quienes se creyeron mis dueños y de quien me creí poseedora; veo la libertad y veo su lejanía; veo las cosas que dejé por hacer y las que aún no hago; los veo a ustedes, a tí, a él, a ella, , a nosotros y a todos los pronombres juntos, así sin nomenclaturas ni personalidades ni adjudicamientos insulsos.
pienso en que si no hubiera sido periodista, qué otra cosa hubiera sido. pienso en las becas que nunca solicité, en mi tesis inconclusa, en las veces desperdiciadas por sufrimientos, en los trabajos, en los sueños, en la literatura.
vienen ahora más técnicos que interrumpen mis divagaciones. me siguen preguntando cosas y todos tocan mi barriga esta vez llena de agua. dos litros he tenido que tomar. ahora luce como si tuviera un embarazo de 12 semanas. la aprietan y bajan a la zona pélvica, no sin antes decirme que tendré que pagar más pues en el estudio que pedí no estaba incluida esta nueva exploración. lo acotan como un favor, sin importar si traigo más dinero o no.
estoy aturdida. pero se perfecto cuando hablan de tumores con todo y sus ramificaciones. ellos, que ahora son cinco, siguen su perorata ignorando que aquel cuerpo que escudriñan y del que hablan tan de tajo, es mío y aún está vivo.
hablan y hablan. me ignoran. luego me piden que me vista y vaya a casa tranquila. cuando vuelvo a preguntar reiteran que olvide lo que oí pues sólo el médico que me mandó ahí tiene la última palabra. disfrutan evidenciando, de ellos su supremacía en esas cuestiones y de nosotros, la ignorancia en su campo.
me paro. sigo aturdida. pero como dije líneas antes, no pienso desperdiciar ni un sólo segundo sin dolor de esta vida mía que sabe Dios, qué más le espera.
REY
una ligera molestia al orinar me llevó a donde estoy ahora. las primeras noticias las tengo mirando de frente al techo en un cubículo esterilizado de laboratorio y viendo los recuadros que lo adornaban, puedo contar de uno en uno, mientras la técnico me escudriña con un aparato la zona abdominal, renal, y casi ginécológica. no me siento tan vulnerable como en otros momentos. siquiera no tengo que poner las piernas abiertas sobre unos estribos que vulneran mi postura y si bien no hacen que me sonroje sí me ponen en una situación de indefensión que a veces me hace sufrir hasta las lágrimas.
por ahora no es así. tengo los pantalones apenas abajo, en donde empieza la cadera, así que estoy con toda la barriga descubierta y en espera de que me digan cómo es que debo moverme. el gel, frío, como bien me previene la mujer, se esparce con facilidad sobre mi piel y sólo me provoca ligeros estremecimientos.
con un escaner manual me oprime y mis ojos que con obstinación ahora están cerrados, a veces se aprietan cuando el aparato se pasea por mis costillas. el dolor me trasgrede los órganos internos. los oprime sin medir si hiere o simplemente revela.
de cuando en cuando volteo a ver la pantalla de una computadora que me parece vieja para diagnosticar mi estado. veo masas informes que no puedo interpretar. ella se detiene, marca tamaños y densidades, según me explica.
-por qué te mandaron el estudio?
dice tuteándome, porque no ve mi edad real, se guía sólo por mi cara de ratón asustado en espera de que le digan que puede irse a mordisquear tranquila un trozo de queso. le explico brevemente y noto duda en su rostro. en mis brazos empieza entonces un estremecimiento involuntario que crece, aumenta y parece que se reproduce hasta las piernas. mis riñones también se mueven. puedo sentir cada palmo de mi piel esperando su respuesta. baja un poco el rastreador y pregunta otras cosas que aunque no soy experta supongo no son relativas a la causa por la que vine aquí.
-relájate. respira profundo...
obedezco. pienso entonces en días atrás. en años atrás. pienso en mi vida como en trozos camino de los que me han acompañado en uno o varios trayectos. la pienso como un dictamen judicial que habrá de hacer alguien en cualquier momento, en el cual se medirá lo legal e ilegal que pude haber hecho y a partir de este se emitirán juicios de valor, que por suerte no presenciaré. no estaré para ver su verdicto.
en ese pequeño espacio y sobre aquella cama dura de laboratorio, vuelvo a los días de playa; a las conversaciones largas; a las manos de mi padre oliendo a jabón; a los chocolates atascados en mi boca en una guerra con las niñas por ver a quien le caben más; veo mis discusiones por lo que creo y hasta por lo que no; veo mis libros y mis letras; veo a quienes se creyeron mis dueños y de quien me creí poseedora; veo la libertad y veo su lejanía; veo las cosas que dejé por hacer y las que aún no hago; los veo a ustedes, a tí, a él, a ella, , a nosotros y a todos los pronombres juntos, así sin nomenclaturas ni personalidades ni adjudicamientos insulsos.
pienso en que si no hubiera sido periodista, qué otra cosa hubiera sido. pienso en las becas que nunca solicité, en mi tesis inconclusa, en las veces desperdiciadas por sufrimientos, en los trabajos, en los sueños, en la literatura.
vienen ahora más técnicos que interrumpen mis divagaciones. me siguen preguntando cosas y todos tocan mi barriga esta vez llena de agua. dos litros he tenido que tomar. ahora luce como si tuviera un embarazo de 12 semanas. la aprietan y bajan a la zona pélvica, no sin antes decirme que tendré que pagar más pues en el estudio que pedí no estaba incluida esta nueva exploración. lo acotan como un favor, sin importar si traigo más dinero o no.
estoy aturdida. pero se perfecto cuando hablan de tumores con todo y sus ramificaciones. ellos, que ahora son cinco, siguen su perorata ignorando que aquel cuerpo que escudriñan y del que hablan tan de tajo, es mío y aún está vivo.
hablan y hablan. me ignoran. luego me piden que me vista y vaya a casa tranquila. cuando vuelvo a preguntar reiteran que olvide lo que oí pues sólo el médico que me mandó ahí tiene la última palabra. disfrutan evidenciando, de ellos su supremacía en esas cuestiones y de nosotros, la ignorancia en su campo.
me paro. sigo aturdida. pero como dije líneas antes, no pienso desperdiciar ni un sólo segundo sin dolor de esta vida mía que sabe Dios, qué más le espera.
REY
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