jueves, 30 de octubre de 2008

Cordura

Últimamente estoy dudando de mi cordura. No es que antes me faltaran razones, ya que he sido un suicida falaz alguna vez y otras más un loco que deambula por las calles hasta la madrugada, intentando buscar una que otra alma para compartir mis intensas disertaciones. No la he encontrado. La tristeza me invade entonces y tengo que regresar a casa tal y como salí, sólo y con un desasosiego que me dura hasta bien entrado el día.

Para calmarlo he optado por el Rivotril. Dos al día y una visita periódica con mi psiquiatra de cabecera está bien. Yo le llamo Freud. El me dice que eso es un escape de mi realidad y una forma presuntosa de demostrarle mi conocimiento sobre el psicoanálisis. Lo cierto es que lo engaño todo el tiempo. Le cuento de mi niñez infeliz y todo eso que descubrí que me hubiera hecho mejor persona. Cumplo eso sí, con la hora pactada. Le pago y salgo de ahí con mi receta y la seguridad de que tendré suficientes pastillas para lo que reste del tiempo en que tengo que volver al maldito sillón.

Mi generación entera es así. Tristes y deprimidos todo el tiempo. Unos se debaten entre el empleo burocrático que consiguieron tras ir en pos de algún funcionario en el que creyeron de manera ciega a sus veinti tantos años y que era de manera irredenta, un mesías en la década de los 90. De él ahora sólo consiguen un sueldillo que medio les alcanza para vivir. Otros emprenden sueños que saben que nunca alcanzaran pero se empecinan bastante como hacerse creer a ellos mismos que lo lograrán.

El viernes pasado me encontré a Alfredo. Habíamos sido grandes amigos en la universidad. Cheleabamos y de vez en cuando él tenía suficiente plata como para invitarme a algún lugar decente a emborracharnos. Yo no trabajaba. Sólo me dejaba llevar y platicabamos largas horas. Su vida marital en ese entoces estaba en boga. Su mujer le preparaba enormes tortas que ambos devorabamos en alguna pradillo de la facultad y supongo que cogían frecuentemente pues su semblante siempre lucía tranquilo. Un chaquetero como yo imaginaba que eso es lo que hacían los matrimonios felices todo el tiempo.

Nos topamos en Reforma y me invitó como es su costumbre. Yo naturalmente le dije que no. Ahora él que pagaría sería yo. Esa era mi manera de demostrarle que no había fracasado. Era el sentimiento general. Era de generación.

Nos sentamos en una mesa de un restaurante con dos mojitos enfrente y al parecer un gran plato de comida cubana. Ahora sí no comí nada. Eso sí, bebí hasta hartarme. Hablamos hasta bien entrada la noche de los recuerdos buenos y por un momento pensé que había de nuevo encontrado a mi camarada de antaño. Nada más alejado de la realidad.

Tras algunas copas, decidí revelarle a él y sólo a él mis planes sobre cómo matar a mi mujer. Estaba seguro de que no me delataría. Su expresión cambió. Carraspeó un poco y refirió, con tono tranquilo, como era su costumbre, algo así como que las esposas tras algunos años de vivir en pareja se transforman y sus constantes cambios hormonales las hacen parecer peor de lo que realmente son. Trató de disuadirme. Me recomendó dormir en la habitación de lado en casa hasta que se me pasara esa fuerte repulsión, que según yo mismo le había referido, sentía por aquella que me había acompañado durante más de 15años.

Destacó sus virtudes, que no puedo negar, también me tuvieron cautivo. Él bien que las conoce. Pero quizá sean ahora esas mismas las que me hacen detestarla cada vez que la miro o que pasa sus manos por mi espalda o me sirve solícita la comida. De la ropa ni hablar, no la dejo que la toque. Imaginar que acaricia mis calzoncillos o los acerca a su cara para olerlos me lleva de inmediato a horcajadas. Si bien hago memoria ahora, alguna vez lo descubrí acariciándola con una mirada

Alfredo gentil me recomendó ir a terapia. Y me dijo algo así sobre escuchar a mi cuerpo. Me contó que casi todos los de nuestra generación habían pasado por lo mismo y tras uno o dos años de tratamiento ahora vivían completamente curados y felices. Sencillamente no le creí. Nosotros que presumíamos de intelectuales y de buscar respuestas en nuestros libros de filosofía o de marxismo no podíamos estar ocupando esos métodos.

Nos despedimos. Su cara lucía feliz por haberme convencido de hacerlo. Yo eso le hice creer. En su abrazo vi su cara tan cerca a la mía que noté como sus ojos se habían empequeñecido por las incipientes arrugas. Su cabello lucía entrecano. Creo que noté un poco de envidia en su sonrisa.

Esa noche me dediqué a escuchar a mi cuerpo, tal como me había recomendado mi amigo. Por supuesto no dormí con ella y sólo oía su respiración tranquila a través de las delgadas paredes. Por ahora la dejaré en paz. No accederé a satisfacer sus deseos ni la agobiaré con la enumeración de todo lo que me tiene harto de ella.

Entraré a terapia con la psicoanalista de Alfredo, la misma que curó a todos mis amigos. Pagaré mi consulta y me dedicaré a mirarle las piernas a través de ese escritorio de vidrio que me platicó mi amigo.

REY

lunes, 20 de octubre de 2008

Cuando los amantes se despiden, qué queda sino cerrar los ojos y ver como se pierden en silencio, uno a uno. Se alejan sin la certeza de que lo que hacen es sincero al haberse desgarrado día a día en un interludio de pasiones desmedidas.

Cuando se dicen adios, ya sea con la mano o con el corazón, lo mejor es desviar la mirada, y esperar a que uno, o con suerte los dos, vuelvan a sonreir.

REY

miércoles, 15 de octubre de 2008

El triunfo de la Belleza; o quizá de la misoginia

Se identifica el sexo de los escritores en cuanto comienzas a leer las primeras líneas de un libro? Eso me cuestiono constantemente. Los creadores no deben distinguirse por sus preferencias sexuales o características de raza, color, posición económica. Quien se precie de ser un buen escritor deberá dejar de lado todas esas etiquetas que lo marcan y que le impiden interiorizarse con sus lectores. Más aun, quienes tengan en sus manos un texto, bien podrían deslindarse de prejuicios.

El triunfo de la Belleza; o quizá de la misoginia, de Joseph Roth, es sin embargo un claro ejemplo de que cuando se lleva consigo un acervo innedito de prejuicios y cargas historicas es prácticamente imposible que se puedan dejar de lado.

Remitámonos a la historia, la cual versa en la vida de una pareja y su relación amistosa y estrecha de él con un médico dedicado al cuidado de mujeres enfermas, como suele llamarles.

Estas, son presas de un extraño mal, el cual segùn el autor, utilizan para hacer que sus maridos se vuelvan seres sumisos y a tal grado manejables, que permitan el engaño de sus parejas y que se sientan tan culpables que incluso puedan llegar al suicidio.

Quién me pregunto, es más responsable de su propio proceder que uno mismo. Quién es capaz de manejar las situaciones hasta hacer parecer a los demás como principales detonadores de sus males.

A lo largo de la historia, si una mujer engaña o se vale de sus encantos, es señalada y vilipendiada de tal manera que su trayectoria es pràcticamente arrojada por la borda, y hasta, como lo dice el libro, es tachada de enferma. Caray.

Pero qué sucede cuando el que trastoca los límites de la felicidad conyugal es el hombre. Su reputación aumenta favorablemente y hasta es disculpado de tal manera que la mujer queda como la que orilló a que se dieran ese tipo de situaciones.

No deja el libro de tener su toque humorístico, al adjudicarle a un bicho que aqueja al estómago ser el causante del comportamiento de la mujer, la cual por cierto es retratada como sumamente hermosa, un punto más o menos a su favor, como quiera observarse.

Me quedo entonces con un par de risas, pero con una profunda sensación de que la misoginia puede verse, leerse, tocarse, sentirse, pero más intensa y necesariamente, mandarse a la chingada.


REY

sábado, 4 de octubre de 2008

Aunque apenas me oiga

Debió comenzar a envejecer a los 35 o 40 años, pues yo la recuerdo de siempre con el cabello rizado pintado de color café un poco más subido del que seguro fue su color original. Siempre me dio una sensación de indefensión. Su rostro lo rememoro de niña, con algunas arrugas encima pese a que no era tan avanzada su edad.

Sus males, innumerables ya para esos años, amarraban bajo una especie de chantaje sutil, mis rebeliones y mis incipientes ganas de conocer nuevos mundos. Su insistencia con la muerte me tenía presa. Me martirizaba el alma pensando que por mi causa podría dejar de vivir y que tendría, al igual que mis hermanos en su momento, que cargar con el peso de haber sido los causantes por ser el origen de sus enojos.

Aunque podríamos en descargo alegar que nuestros actos no siempre merecían tan exacerbadas actitudes, en las que el regaño devenía en un llanto incontrolable con sollozos hipientos que desesperaban al más ecuánime. Hay que reconocer que funcionaban. Siempre pedíamos perdón y buscabamos por todos los medios de que el castigo nos eximiera de uno mayor en el que el buen dios se enterara y nos quitara los privilegios en la tierra.

Ante eso también habría que hacer ciertas acotaciones. Una de ellas es que pese a no ser una familia exagerada en sus creencia, mis abuelos habían heredado en cada uno de mis padres un temor a Dios, que de pronto utilizaban en detrimento de nuestras acciones. Que si las señoritas decentes no hacen esto, o aquello. Que si un buen hombre es responsable o bien portado. Que si el omnipresente todo lo veía, y que a ellos podríamos engañarlos, pero Él todo lo registraba en una especie de lista, que yo me fui formulando a lo largo de mi vida.

No era fácil crecer con ello.

Su cuerpo, recuerdo bien, no era como el de esas señoras modernas que se esmeran por parecer más jóvenes de lo que realmente son. Que van al gimnasio y hacen dietas mortales con tal de portar pantalones de mezclilla y blusas exageradamente apretadas. No, ella era en esa época, finales de los 70 y con 7 hijos crecidos ya, más bien rolliza. De altura apenas rebasando la media, se enfundaba en apretadas medias que usaba siempre, hubiera calor o frío, o lluvia o sequedad absoluta. Las traía con zapatos pequeños, siempre del tres o tres y medio, o con sandalias. Nunca tenis. Sus piernas perfectas y sólo aquejadas por unas ya manifiestas várices que la acompañarían por siempre, se dejaban ver de la rodilla para abajo. Con faldas o vestidos demasiado conservadoras, que pese a eso de vez en vez, arrancaban algún piropo.

Su vida transcurría entre nosotros y su cocina. No era usual verla dar un beso de bienvenida o despidiendo a su marido. Yo llegué a pensar que sus caricias estaban reservadas para sus hijos. En mis alteradas disertaciones de niña-adolescente no cabía la idea de que los padres pudieran besarse o tocarse. Nunca lo vi en casa.

Así es que entonces, pues su vida giraba en torno a nosotros, cuatro hombres y tres mujeres. Dándose todo el tiempo, en una entrega en la que parecía que se le iba la vida entera.

Cocinaba de igual manera, preparando arroz, el mejor que seguramente comeríamos a lo largo del camino; enchiladas, moles, caldos, de todos lo tipos y sabores. Cada día puedo decir sin temor a equivocarme que nos resarcía con su comida todo los daños que pudiéramos haber tenido en la calle. Las mujeres en la llegada del trabajo o de la escuela, las más pequeñas, hallaban la comida caliente, lista para servirse. Los hombres sólo se sentaban a la mesa, al igual que el jefe de la familia, que aparecía malhumorado y con la firme convicción de que en la comida sólo había que dar órdenes de cómo sentarse o cómo tomar los cubiertos. El miedo a él siempre estaba presente.

Quizá esa fue la principal razón por la que cultivamos sin darnos cuenta una relación que si bien no alcanzó a ser de amigas ni de cómplices, si nos dejó en claro que una madre de esa época era mejor que las de ahora.

Nos sentábamos por largas horas, después de la comida o la cena, a escuchar sus historias. Mis hermanas, todas mujeres ya, alguna que otra vez le contaban de sus relaciones con los que habrían de ser sus maridos. Con sus reservas claro. No las puedo imaginar narrando como es que el susodicho pasaba su mano por sus pechos o les tocaba en el cine las piernas o cómo los escarceos amorosos hacían temblar sus firmes convicciones religiosas o morales.

Yo siempre preferí escucharla. Me sorprende ahora su paciencia, de darme todos lo detalles de su crecimiento en un pueblo aledaño al DF. Sus carencias, su poca instrucción en una escuela, en donde un maestro, sí, tal cual, pretendía que fuera su esposa, cuando sólo tenía 10 años.

Me gusta recordar aun ahora su voz canturreando canciones viejas mientras lavaba la ropa, cocinaba o se había ido la luz y le insistíamos en que nos cantara alguna letra aprendida por un viejo radio que sólo sintonizaba la am.

La habilidad conversadora no la ha perdido, pero sus males ahora si son verdaderos y el miedo perderla sigue tan intenso a mis 30 años, como cuando tenía siete.

Hoy es miércoles, me toca ir a verla. Encenderé una vela y le contaré todo lo que me ha pasado últimamente, esta vez sin restricciones, sin censura. Aunque apenas me oiga.

REY
miro insistente mis muñecas.
veo un hilito de sangre que las tiñe.
comienza a escurrir por las palmas y
los dedos se estremecen por un ligero temblor.