Hoy pensé: El descanso no es válido si lo que más te gusta en la vida es escribir. Y dije: a escribir entonces, aunque el desorden en las ideas no se acabe, aunque la dispersión se interne, aunque haya siempre algo o alguien con su dosis de sarcasmo, crítica o renuencia.
REY
sábado, 31 de enero de 2009
El patio de mi casa...
Es un patio grande, sucio, lleno de tierra. En un extremo, hay pasto, simulando un breve jardín con rosas, geranios y bugambilias que florecen todo el año. Mi madre las riega un día sí y otro también. Se ocupa de sus macetas con devoción durante las mañanas, el resto del día las olvida como a nosotros. Al fondo dos árboles, uno de granadas y otro más de higos pequeños que mis hermanos y yo comemos machacados con una buena cantidad de azúcar. Nos internamos en lo que parece ser una selva pequeña, que crece también al final de la casa, con una maleza silvestre que en época de lluvia, entre abril y junio, casi está a la par de nuestro tamaño.
Dos hermanos y yo. Ellos, los más pequeños me invitan siempre a sus juegos. Por su culpa, y un poco también por la mía, he olvidado las muñecas y los juegos de té. Nos revolvemos en la tierra y trepamos hasta la azotea a vigilar a los incautos que reciben uno que otro baño de agua, mientras nosotros borrachos de sol, hartazgo y risa, nos revolcamos en el techo de la casa. Son nuestros juegos.
Compartimos hasta la manera de vestir. Tras llegar del colegio, cambio mi uniforme por un pantalón y una playera holgada que me permita moverme lo suficiente para ayudarles a las tareas que él, nuestro padre les impone durante la jornada. Entre más rápido terminemos, más tiempo habrá para iniciar nuevos juegos para pasar el día. Hay que acomodar la madera que cada viernes un camión de cascajo deposita en nuestro espacio de aventuras; intentar aplanar la tierra que se vuelve lodo con la lluvia; reparar esto o aquello. Siempre hay una tarea por realizar.
EL juego preferido está en el piso. A ras del suelo. Nos sentamos y nuestras manos entonces se entremezclan con la tierra y sucumbimos a la tentación de hacer pasteles de lodo. La pasta negra que logramos está en su punto. Alguno de los tres avienta el primer proyectil que con certeza se aprieta contra la cara de alguno. La venganza es inmediata y comienza la guerra.
El tiempo implacable corre sin que nos demos cuenta. Cubiertos de lodo y cansancio, nuestros ojos ríen divertidos. Las carcajadas se escuchan por todo el vecindario. Justo en ese momento suena un claxon. Insistente y demandante para que le abran el zaguán de entrada. Corremos a escondernos. Ninguno se atreve. Las tareas están sin acabar y nuestro aspecto es un desastre pese a que la obscuridad comienza a asomarse en el cielo mojado.
Su figura se dibuja imponente en el arco de la puerta. Vuelve al auto y sin prisa comienza a meterlo a casa sorteando los tres perros que han salido a recibirlo. Nosotros estamos paralizados junto a la pared. Yo me acerco quedito a la llave del agua a intentar lavarme antes de que me vea. Mis dos hermanos se vuelven de piedra, no se mueven. Todos tenemos fija la vista en la madera de cimbra que no fue puesta en su lugar.
Un ligero temblorcillo nos recorre el cuerpo. Flacos como somos intentamos no reír, no movernos demasiado, ni que los nervios nos traicionen con el llanto anticipado. Lo veo acercarse y mi vista se fija en el cinturón que va desabrochando, lento. Lo desliza de un tirón. El primer azote lo lanza contra uno de ellos. Yo me agacho. Enrosco mi cuerpo, cierro los ojos. Junto a mí, sólo se escuchan golpes secos, gritos y súplicas que no alcanzo a distinguir de quién son.
REY
Dos hermanos y yo. Ellos, los más pequeños me invitan siempre a sus juegos. Por su culpa, y un poco también por la mía, he olvidado las muñecas y los juegos de té. Nos revolvemos en la tierra y trepamos hasta la azotea a vigilar a los incautos que reciben uno que otro baño de agua, mientras nosotros borrachos de sol, hartazgo y risa, nos revolcamos en el techo de la casa. Son nuestros juegos.
Compartimos hasta la manera de vestir. Tras llegar del colegio, cambio mi uniforme por un pantalón y una playera holgada que me permita moverme lo suficiente para ayudarles a las tareas que él, nuestro padre les impone durante la jornada. Entre más rápido terminemos, más tiempo habrá para iniciar nuevos juegos para pasar el día. Hay que acomodar la madera que cada viernes un camión de cascajo deposita en nuestro espacio de aventuras; intentar aplanar la tierra que se vuelve lodo con la lluvia; reparar esto o aquello. Siempre hay una tarea por realizar.
EL juego preferido está en el piso. A ras del suelo. Nos sentamos y nuestras manos entonces se entremezclan con la tierra y sucumbimos a la tentación de hacer pasteles de lodo. La pasta negra que logramos está en su punto. Alguno de los tres avienta el primer proyectil que con certeza se aprieta contra la cara de alguno. La venganza es inmediata y comienza la guerra.
El tiempo implacable corre sin que nos demos cuenta. Cubiertos de lodo y cansancio, nuestros ojos ríen divertidos. Las carcajadas se escuchan por todo el vecindario. Justo en ese momento suena un claxon. Insistente y demandante para que le abran el zaguán de entrada. Corremos a escondernos. Ninguno se atreve. Las tareas están sin acabar y nuestro aspecto es un desastre pese a que la obscuridad comienza a asomarse en el cielo mojado.
Su figura se dibuja imponente en el arco de la puerta. Vuelve al auto y sin prisa comienza a meterlo a casa sorteando los tres perros que han salido a recibirlo. Nosotros estamos paralizados junto a la pared. Yo me acerco quedito a la llave del agua a intentar lavarme antes de que me vea. Mis dos hermanos se vuelven de piedra, no se mueven. Todos tenemos fija la vista en la madera de cimbra que no fue puesta en su lugar.
Un ligero temblorcillo nos recorre el cuerpo. Flacos como somos intentamos no reír, no movernos demasiado, ni que los nervios nos traicionen con el llanto anticipado. Lo veo acercarse y mi vista se fija en el cinturón que va desabrochando, lento. Lo desliza de un tirón. El primer azote lo lanza contra uno de ellos. Yo me agacho. Enrosco mi cuerpo, cierro los ojos. Junto a mí, sólo se escuchan golpes secos, gritos y súplicas que no alcanzo a distinguir de quién son.
REY
miércoles, 28 de enero de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
Todos somos cómplices
Bajé del metro en la última estación . Mi ánimo parecía no estar demasiado perceptivo por lo que me dediqué a caminar los pasos que me llevarían a un autobús hacia el norte de la ciudad sin prestar demasiada atención a los pasajeros que bajaban aprisa, o que como yo, parsimoniosamente se dirigían a su sitio. A esa hora, el calorcito invernal aún invadía los pasillos.
Los que íbamos hacia la zona norte en donde se encuentra Lomas Verdes, Lechería y anexas, teníamos que internarnos en pasadizos casi secretos y oscuros, infestados de puestos ambulantes. La vendimía ahí es diversa, puedes conseguir de todo, desde cds o dvs piratas, hasta peluches o comida cocinada con un aceite apestoso del que emana un olor que vibra por todo el lugar.
También ahí subsisten los que juegan a "dónde quedó la bolita". Tres tipos, dos hombres y una mujer que pretenden engañar a los incautos, no pocos, que pasan por el lugar. Ellos fueron los que consiguieron que yo fijara mi atención, pues consideraba que eran una especie en extinción. A mi paso los observé y vi cómo movían la pelotita con tres recipientes de igual tamaño, llamando la atención a voz en cuello. Tras moverla un poco, intercambiaron miradas y se secretearon pese a que nadie, excepto yo, los estaba mirando.
Así hablando bajo miraron insistentes de frente y señalando apenas con un movimiento de cabeza indicaron, o mejor dicho, adelantaron que ocurriría algo. Mi corazón de citadina paranóica comenzó a latir con fuerza. No se sabía a ciencia cierta qué pasaría, pero ya varios ojos se centraban en el lugar preciso.
Justo ahí en donde las premoniciones, primero de los timadores y después de los transeúntes, se habían posado, aparecieron tres mujeres mayores. Entre gritos daban golpes a un fulano, quien sólo acertaba a cubrirse la cabeza ante la andanada de golpes que ellas le propinaban sin miramientos.
Algunos insultos salieron de sus bocas y el guey, que se consiguió desprender de las manos y uñas de las señoras, huyó. Corrió a lo largo de los pasillos, sin que ningún poder humano intentara detenerlo. Más trágico aún: nadie hizo por seguirlo, pese al llamado de auxilio de las tres señoras. La policía ni se asomó.
La escena se sucedió en menos de un minuto. Nadie se atrevía a acercarse. Dos de las tres mujeres auxiliaban a la otra, que pálida y nerviosa se tocaba la cadena de oro que pendía de su cuello rota por un extremo.
En ese momento se acercó un chavo con una mochila al hombro. Les ofreció su ayuda, creo. Una de ellas se volvió hacia él furiosa y casi le gritó: Ya para qué hijo? Para qué te acercas? Sí ya todo terminó.
Él confundido hasta se disculpó por haber llegado tarde a ayudarlas.
Casi todos los comerciantes se volvieron a sus actividades, indiferentes. Eso que había pasado era uno de los tantos sucesos que a diario se repetían 10 o 15 ocasiones durante el día, según me contó un despachador.
Me subí a un autobús que finalmente me llevaría a mi destino. Los minutos que estuve ahí me culpé por no haberlas ayudado y recibí su revancha al temblar cuando el chofer cerró las puertas y apagó la luz. Ahí pensé que todo había acabado.
REY
Los que íbamos hacia la zona norte en donde se encuentra Lomas Verdes, Lechería y anexas, teníamos que internarnos en pasadizos casi secretos y oscuros, infestados de puestos ambulantes. La vendimía ahí es diversa, puedes conseguir de todo, desde cds o dvs piratas, hasta peluches o comida cocinada con un aceite apestoso del que emana un olor que vibra por todo el lugar.
También ahí subsisten los que juegan a "dónde quedó la bolita". Tres tipos, dos hombres y una mujer que pretenden engañar a los incautos, no pocos, que pasan por el lugar. Ellos fueron los que consiguieron que yo fijara mi atención, pues consideraba que eran una especie en extinción. A mi paso los observé y vi cómo movían la pelotita con tres recipientes de igual tamaño, llamando la atención a voz en cuello. Tras moverla un poco, intercambiaron miradas y se secretearon pese a que nadie, excepto yo, los estaba mirando.
Así hablando bajo miraron insistentes de frente y señalando apenas con un movimiento de cabeza indicaron, o mejor dicho, adelantaron que ocurriría algo. Mi corazón de citadina paranóica comenzó a latir con fuerza. No se sabía a ciencia cierta qué pasaría, pero ya varios ojos se centraban en el lugar preciso.
Justo ahí en donde las premoniciones, primero de los timadores y después de los transeúntes, se habían posado, aparecieron tres mujeres mayores. Entre gritos daban golpes a un fulano, quien sólo acertaba a cubrirse la cabeza ante la andanada de golpes que ellas le propinaban sin miramientos.
Algunos insultos salieron de sus bocas y el guey, que se consiguió desprender de las manos y uñas de las señoras, huyó. Corrió a lo largo de los pasillos, sin que ningún poder humano intentara detenerlo. Más trágico aún: nadie hizo por seguirlo, pese al llamado de auxilio de las tres señoras. La policía ni se asomó.
La escena se sucedió en menos de un minuto. Nadie se atrevía a acercarse. Dos de las tres mujeres auxiliaban a la otra, que pálida y nerviosa se tocaba la cadena de oro que pendía de su cuello rota por un extremo.
En ese momento se acercó un chavo con una mochila al hombro. Les ofreció su ayuda, creo. Una de ellas se volvió hacia él furiosa y casi le gritó: Ya para qué hijo? Para qué te acercas? Sí ya todo terminó.
Él confundido hasta se disculpó por haber llegado tarde a ayudarlas.
Casi todos los comerciantes se volvieron a sus actividades, indiferentes. Eso que había pasado era uno de los tantos sucesos que a diario se repetían 10 o 15 ocasiones durante el día, según me contó un despachador.
Me subí a un autobús que finalmente me llevaría a mi destino. Los minutos que estuve ahí me culpé por no haberlas ayudado y recibí su revancha al temblar cuando el chofer cerró las puertas y apagó la luz. Ahí pensé que todo había acabado.
REY
viernes, 23 de enero de 2009
jueves, 22 de enero de 2009
Matador I
Le confesé mi amor cuando él tenía 80 y yo apenas había rebasado los treinta. Se lo dije después de haberlo guardado celosamente dentro de mi cuerpo.
Así como había temas prohibidos, también eran así las caricias. El amor se respiraba exiguamente en esa casa pequeña en donde lo que sobraba era patio. Apenas tres cuartos, un baño y metros enteros fuera, con pasto y algo de cemento para iniciar
solitarias aventuras.
Él nunca estaba, llegaba por la noche y a veces a la hora de la comida. Mis hermanos procuraban comer o dormir antes para no tener que enfrentar sus críticas o regaños que se despertaban a la menor provocación o aun sin ésta.
Yo me negaba a aceptar esas resoluciones en la vida. ¿Por qué no habríamos de hablar si estábamos tan cerca? ¿Por qué rehuía mis caricias? o es que quizá yo no se las ofrecía con suficiente vehemencia o continuidad?
Quería tocarlo porque era inasible a mis manos. Rozar su piel áspera, morena, curtida por tantas horas de permanecer en el coche, repartiendo destinos que al azar le hacían la parada en el taxi.
Decirle te amo, te quiero, parecía imposible en mi contexto pequeño; a lo más que me atreví fue a inventarle seudónimos que más bien abarcaban o retrataban su autoridad en casa. Era el jefe. El que todo lo podía. Para el que todo estaba dispuesto.
Pasó mi niñez, entre juegos solitarios y variados códigos inventados por mí para poder interactuar con él. Dejando de noche mis zapatos volteados, con la suela hacia el techo, para que pudiera ver que ya enseñaban un hoyo por el cual las piedras, el agua y el lodo se metían y ensuciaban mis calcetines.
Crecí viendo cómo dormía la siesta olvidando o al menos así parecía, al resto del mundo. Vi sus rituales y abluciones mañaneras; sus tes con los que me despertaba muy temprano y hacía que me pasara a su cama. Somnolienta y temerosa de provocar su enojo y más aún su indiferencia, saltaba a su sitio y evitaba en lo posible rozar sus piernas...
Ahora mismo lo veo.. su semblante triste y abatido en esa cama de hospital...Le digo te quiero y me sonríe.
REY
Así como había temas prohibidos, también eran así las caricias. El amor se respiraba exiguamente en esa casa pequeña en donde lo que sobraba era patio. Apenas tres cuartos, un baño y metros enteros fuera, con pasto y algo de cemento para iniciar
solitarias aventuras.
Él nunca estaba, llegaba por la noche y a veces a la hora de la comida. Mis hermanos procuraban comer o dormir antes para no tener que enfrentar sus críticas o regaños que se despertaban a la menor provocación o aun sin ésta.
Yo me negaba a aceptar esas resoluciones en la vida. ¿Por qué no habríamos de hablar si estábamos tan cerca? ¿Por qué rehuía mis caricias? o es que quizá yo no se las ofrecía con suficiente vehemencia o continuidad?
Quería tocarlo porque era inasible a mis manos. Rozar su piel áspera, morena, curtida por tantas horas de permanecer en el coche, repartiendo destinos que al azar le hacían la parada en el taxi.
Decirle te amo, te quiero, parecía imposible en mi contexto pequeño; a lo más que me atreví fue a inventarle seudónimos que más bien abarcaban o retrataban su autoridad en casa. Era el jefe. El que todo lo podía. Para el que todo estaba dispuesto.
Pasó mi niñez, entre juegos solitarios y variados códigos inventados por mí para poder interactuar con él. Dejando de noche mis zapatos volteados, con la suela hacia el techo, para que pudiera ver que ya enseñaban un hoyo por el cual las piedras, el agua y el lodo se metían y ensuciaban mis calcetines.
Crecí viendo cómo dormía la siesta olvidando o al menos así parecía, al resto del mundo. Vi sus rituales y abluciones mañaneras; sus tes con los que me despertaba muy temprano y hacía que me pasara a su cama. Somnolienta y temerosa de provocar su enojo y más aún su indiferencia, saltaba a su sitio y evitaba en lo posible rozar sus piernas...
Ahora mismo lo veo.. su semblante triste y abatido en esa cama de hospital...Le digo te quiero y me sonríe.
REY
Con qué escribe Alma..
Un periodista se vuelca en sus textos con el cerebro frío con tal de que sus palabras reflejen en la medida de ser posible, sus ideas mezcladas con los hechos observados. Un escritor derrama parte de su alma en aras del lenguaje a la vez que construye historias, ya sea de ficción o parte de la realidad para que sean abrazadas y vividas a lo largo de su lectura. Otros más, y a esos no sé cómo llamarlos, sólo lazan pequeños trazos con su pluma al papel, preocupados más por la corrección gramatical que por la narración.
Con qué escribe ella, eso me pregunto, cuando he leído narraciones impecables y precisas que haciendo gala de buena construcción, se ofrecen repletas de datos y formas que dan cuerpo a la historia.
Lo infiero cuando también he seguido sus retratos a personajes con curvas y líneas rectas que con certero santo y seña dan vida conjuntamente a la realidad política de un país y que mezcla con elementos literarios para dar a éste o aquel el peso exacto que tuvo o mantiene.
Lo cuestión más detenidamente en su crónica de La Habana, en donde recuperó del aire, lo que todas las calles gritan: historias literarias. El aire y la brisa y el atardecer dorado y la Revolución que se respira por todos lados exigen ser retratados.
Con qué escribe ella; con la pluma, con el pensamiento frío o hace incluso gala de su nombre mismo. O los ocupa indistintamente? O los mezcla? o es la historia la que le dicta la forma propia de ser abordada.
¿Es periodista? ¿Es escritora?
Después de leerla, vale que me lo pregunte?
REY
Con qué escribe ella, eso me pregunto, cuando he leído narraciones impecables y precisas que haciendo gala de buena construcción, se ofrecen repletas de datos y formas que dan cuerpo a la historia.
Lo infiero cuando también he seguido sus retratos a personajes con curvas y líneas rectas que con certero santo y seña dan vida conjuntamente a la realidad política de un país y que mezcla con elementos literarios para dar a éste o aquel el peso exacto que tuvo o mantiene.
Lo cuestión más detenidamente en su crónica de La Habana, en donde recuperó del aire, lo que todas las calles gritan: historias literarias. El aire y la brisa y el atardecer dorado y la Revolución que se respira por todos lados exigen ser retratados.
Con qué escribe ella; con la pluma, con el pensamiento frío o hace incluso gala de su nombre mismo. O los ocupa indistintamente? O los mezcla? o es la historia la que le dicta la forma propia de ser abordada.
¿Es periodista? ¿Es escritora?
Después de leerla, vale que me lo pregunte?
REY
domingo, 18 de enero de 2009
Covers
La repetición me causa marasmos mentales. La sorpresa nos lleva de la mano desde el momento en que nacemos y conocemos cómo es que habremos de respirar. El recorrido nos
ha de llevar por innumerables situaciones vivenciales, pletóricas todas ellas de cosas nuevas por descubrir. Así pues, y de manera similar cualquier expresión artística que sea creada por el ser humano tiene la facultad de ser única e intransferible. Está ahí para ser disfrutada sin límites ni cortapisas, respetando siempre su autenticidad y nunca pretendiendo ser modificada. Menos aún duplicada. Pinturas, esculturas, textos literarios, cine, teatro; quién se atreve a tal ofensa de pretender una mala copia con tal de que las nuevas generaciones comprendan su sentido traspolándolo a su propia realidad.
Para mi desgracia y la de toda la humanidad he canturreado canciones viejas con ritmos nuevos; he visto películas que mis padres vieron en versiones originales; he usado pantalones ajustados o faldas cortas según ha vuelto a ponerse de moda las usanzas de los llamados años retro. Pero escuchar hablar sobre la posibilidad de que obras literarias puedan volverse covers ha rebasado mi tolerancia. En un mundo como el actual en donde a diario se suceden historias que superan la ficción, la imaginación ha finiquitado sus posibilidades?
Hemos entonces de recurrir a los covers literarios como instrumento soez que nos libre de la monotonía y nos regrese a los viejos libros clásicos como único medio de salvación?
Yo, paso...
REY
ha de llevar por innumerables situaciones vivenciales, pletóricas todas ellas de cosas nuevas por descubrir. Así pues, y de manera similar cualquier expresión artística que sea creada por el ser humano tiene la facultad de ser única e intransferible. Está ahí para ser disfrutada sin límites ni cortapisas, respetando siempre su autenticidad y nunca pretendiendo ser modificada. Menos aún duplicada. Pinturas, esculturas, textos literarios, cine, teatro; quién se atreve a tal ofensa de pretender una mala copia con tal de que las nuevas generaciones comprendan su sentido traspolándolo a su propia realidad.
Para mi desgracia y la de toda la humanidad he canturreado canciones viejas con ritmos nuevos; he visto películas que mis padres vieron en versiones originales; he usado pantalones ajustados o faldas cortas según ha vuelto a ponerse de moda las usanzas de los llamados años retro. Pero escuchar hablar sobre la posibilidad de que obras literarias puedan volverse covers ha rebasado mi tolerancia. En un mundo como el actual en donde a diario se suceden historias que superan la ficción, la imaginación ha finiquitado sus posibilidades?
Hemos entonces de recurrir a los covers literarios como instrumento soez que nos libre de la monotonía y nos regrese a los viejos libros clásicos como único medio de salvación?
Yo, paso...
REY
miércoles, 14 de enero de 2009
Un olor demencial
Se llenó el vagón. Cada mañana se repetía la escena: mujeres y niños apretujados a las siete en punto. Cientos de caras mirándose sin expresión. Afuera, sin el resguardo de tantos cuerpos, el frío intenso cortaba la piel de las mejillas; dentro, el calor hizo que me quitara la gruesa chamarra invernal.
Busqué tomarme del tubo más cercano. Justo el que estaba en medio del vagón del metro. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Me recorrió lentamente, de abajo hacia arriba con ojos profundos, oscuros. Me sentí indefensa. De la cabeza a los pies, que apenas se veían con tanta gente, invadió la poca intimidad con la que contaba a esas horas.
Sus labios se entreabrían y balbuceaban palabras q ue no alcancé a descifrar del todo. Nos separaban dos o tres personas. Por sus ojos y su boca me pasee un buen rato. El túnel oscuro entre una estación y otra quizá nos permitió imaginar. Me fijé entonces en el escaso pelo rubio que cubría su cabeza. En su nariz recta, pequeña; su frente por completo despejada. Sus labios rojos, suaves.
Sin perder contacto con mis ojos me señaló un espacio frente al suyo. Como pude me abrí paso y le gané a una anciana mujer. Una vez ahi, de pie, su cara quedó a un palmo de sentir mi vientre. Pudimos oler nuestras transpiraciones y un ligero vaho caliente que salía de las dos bocas. Nadie parecía darse cuenta, ni nosotros, de lo que pasaba alrededor. Inhalación, exhalación simultánea y un ligero temblorcillo que se iba apoderando de todos los sentidos.
Sus manos aparecieron por primera vez. Se extendieron buscando tocar. Mi entrepierna se ofreció con la misma facilidad con la que segundos antes, el tirante de la blusa ligera dejó ver mi hombro desnudo. Calientes y suaves se deslizaron uno, dos, tres dedos humedecidos previamente en su boca por debajo de mi falda de lana. Una leve pero continua frotación dejaba sin fuerzas mis rodillas al tiempo que de mí iba escurriendo un ligero río de miel incolora pero cargada de un olor demencial. Fuera de mis propios sonidos que se producían dentro de mi cuerpo, oía como en un eco las fuertes aspiraciones de los demás pasajeros, tratando de encontrar de dónde salía aquello que comenzaba a hacer que con disimulo y sin importar su sexo se rozaran entre ellos.
Un delirio incontrolable me hizo apretar los labios para no gritar y mi cuerpo se inmovilizó dejando sólo que el plexo solar se balanceara lenta y certeramente. Con fruición deslicé la punta de mi lengua fuera de mi boca y en lo que debió ser un largo gemido interno, mis dedos mojados de sudor se aferraron al tubo que estaba más cerca de mi cabeza.
Desapareció cualquier resquicio de inhibición ante los desconocidos. Mi mano correspondería de igual o mejor manera. Cerré los ojos. Varias ideas me cruzaron por la mente en no más de cinco segundos. Solté una bocanada de aire caliente.
La grabadora del metro que anunciaba la siguiente estación interrumpió mis pensamientos. Cuando los abrí, su madre lo había levantado de su regazo y lo alzaba en brazos. Su mirada profunda, oscura, la seguí hasta que desapareció entre la gente.
REY
Busqué tomarme del tubo más cercano. Justo el que estaba en medio del vagón del metro. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Me recorrió lentamente, de abajo hacia arriba con ojos profundos, oscuros. Me sentí indefensa. De la cabeza a los pies, que apenas se veían con tanta gente, invadió la poca intimidad con la que contaba a esas horas.
Sus labios se entreabrían y balbuceaban palabras q ue no alcancé a descifrar del todo. Nos separaban dos o tres personas. Por sus ojos y su boca me pasee un buen rato. El túnel oscuro entre una estación y otra quizá nos permitió imaginar. Me fijé entonces en el escaso pelo rubio que cubría su cabeza. En su nariz recta, pequeña; su frente por completo despejada. Sus labios rojos, suaves.
Sin perder contacto con mis ojos me señaló un espacio frente al suyo. Como pude me abrí paso y le gané a una anciana mujer. Una vez ahi, de pie, su cara quedó a un palmo de sentir mi vientre. Pudimos oler nuestras transpiraciones y un ligero vaho caliente que salía de las dos bocas. Nadie parecía darse cuenta, ni nosotros, de lo que pasaba alrededor. Inhalación, exhalación simultánea y un ligero temblorcillo que se iba apoderando de todos los sentidos.
Sus manos aparecieron por primera vez. Se extendieron buscando tocar. Mi entrepierna se ofreció con la misma facilidad con la que segundos antes, el tirante de la blusa ligera dejó ver mi hombro desnudo. Calientes y suaves se deslizaron uno, dos, tres dedos humedecidos previamente en su boca por debajo de mi falda de lana. Una leve pero continua frotación dejaba sin fuerzas mis rodillas al tiempo que de mí iba escurriendo un ligero río de miel incolora pero cargada de un olor demencial. Fuera de mis propios sonidos que se producían dentro de mi cuerpo, oía como en un eco las fuertes aspiraciones de los demás pasajeros, tratando de encontrar de dónde salía aquello que comenzaba a hacer que con disimulo y sin importar su sexo se rozaran entre ellos.
Un delirio incontrolable me hizo apretar los labios para no gritar y mi cuerpo se inmovilizó dejando sólo que el plexo solar se balanceara lenta y certeramente. Con fruición deslicé la punta de mi lengua fuera de mi boca y en lo que debió ser un largo gemido interno, mis dedos mojados de sudor se aferraron al tubo que estaba más cerca de mi cabeza.
Desapareció cualquier resquicio de inhibición ante los desconocidos. Mi mano correspondería de igual o mejor manera. Cerré los ojos. Varias ideas me cruzaron por la mente en no más de cinco segundos. Solté una bocanada de aire caliente.
La grabadora del metro que anunciaba la siguiente estación interrumpió mis pensamientos. Cuando los abrí, su madre lo había levantado de su regazo y lo alzaba en brazos. Su mirada profunda, oscura, la seguí hasta que desapareció entre la gente.
REY
sábado, 3 de enero de 2009
Metro
Se llenó el vagón. Cada mañana se repetía la escena: mujeres y niños apretujados a las siete en punto. Cientos de caras mirándose sin expresión. Afuera de la estación, el frío corta la piel de las mejillas; dentro hizo que me quitara la gruesa chamarra invernal.
Busqué tomarme del tubo más cercano. Justo el de en medio del metro. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Me recorrió lentamente con ojos profundos, oscuros. Me sentí indefensa. De la cabeza a los pies, que apenas se veían con tanta gente, invadió la poca intimidad con la que contaba a esas horas.
Sus labios se entreabrían y balbuceaban palabras que no alcancé a descifrar del todo. Nos separaban diez o veinte personas. Entre sus ojos y su boca me pasee un buen rato. El túnel oscuro entre una estación y otra nos permitió imaginar. Me fijé entonces en el escaso pelo rubio que cubría su cabeza. En su nariz recta, pequeña; su frente por completo despejada.
Sin despegar la mirada de mis ojos me dijo que en el asiento de junto había un lugar para mí. Como pude me abrí paso y le gané a una anciana mujer. Nuestras caras quedaron a un palmo de sentirse. Pudimos oler nuestras respiraciones y un ligero vaho caliente que salía de las dos bocas. Nadie parecía darse cuenta, ni nosotros de lo que pasaba alrededor. Inhalación, exhalación simultánea y un ligero temblorcillo justo debajo del vientre se iba apoderando de todos los sentidos.
Sus manos aparecieron por primera vez. Se extendieron buscando tocar. Los hombros se ofrecieron con la misma facilidad con la que segundos antes dejaron resbalar el tirante de la blusa ligera. Calientes y suaves deslizaron uno, dos, tres dedos humedecidos previamente en su boca. Desapareció cualquier resquicio de inhibición ante los desconocidos. Mi mano correspondería de igual o mejor manera. Cerré los ojos. Varias ideas me cruzaron por la mente en no más de cinco segundos.
La grabadora del metro que anunciaba la siguiente estación interrumpió mis pensamientos. Cuando los abrí, su madre lo había levantado de su regazo y lo alzaba en sus brazos. Su mirada profunda, oscura, la seguí hasta que desapareció entre la gente.
REY
Busqué tomarme del tubo más cercano. Justo el de en medio del metro. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Me recorrió lentamente con ojos profundos, oscuros. Me sentí indefensa. De la cabeza a los pies, que apenas se veían con tanta gente, invadió la poca intimidad con la que contaba a esas horas.
Sus labios se entreabrían y balbuceaban palabras que no alcancé a descifrar del todo. Nos separaban diez o veinte personas. Entre sus ojos y su boca me pasee un buen rato. El túnel oscuro entre una estación y otra nos permitió imaginar. Me fijé entonces en el escaso pelo rubio que cubría su cabeza. En su nariz recta, pequeña; su frente por completo despejada.
Sin despegar la mirada de mis ojos me dijo que en el asiento de junto había un lugar para mí. Como pude me abrí paso y le gané a una anciana mujer. Nuestras caras quedaron a un palmo de sentirse. Pudimos oler nuestras respiraciones y un ligero vaho caliente que salía de las dos bocas. Nadie parecía darse cuenta, ni nosotros de lo que pasaba alrededor. Inhalación, exhalación simultánea y un ligero temblorcillo justo debajo del vientre se iba apoderando de todos los sentidos.
Sus manos aparecieron por primera vez. Se extendieron buscando tocar. Los hombros se ofrecieron con la misma facilidad con la que segundos antes dejaron resbalar el tirante de la blusa ligera. Calientes y suaves deslizaron uno, dos, tres dedos humedecidos previamente en su boca. Desapareció cualquier resquicio de inhibición ante los desconocidos. Mi mano correspondería de igual o mejor manera. Cerré los ojos. Varias ideas me cruzaron por la mente en no más de cinco segundos.
La grabadora del metro que anunciaba la siguiente estación interrumpió mis pensamientos. Cuando los abrí, su madre lo había levantado de su regazo y lo alzaba en sus brazos. Su mirada profunda, oscura, la seguí hasta que desapareció entre la gente.
REY
Suscribirse a:
Entradas (Atom)