lunes, 30 de marzo de 2009

El primero

Ayer vi a los dos. Uno frente a otro, medio sorbiendo un plato de caldo con verduras y masticando con trabajos uno o dos tacos. Cada uno en un extremo de la mesa. Con su orgullo de siempre y mirándose de reojo. Yo también comía o al menos eso intentaba. Sentados todos alrededor reparando apenas en su presencia. Ambos callados, ocupados de su cuchara y cómo es que había que hacerle para llevar la comida a la boca. Ajenos a la algarabía circulando.

El aire rompió entonces un vidrio. El ruido fue estremecedor al estrellarse la ventana. Cayeron los pedazos rotos. Fue como una catarsis. Yo me tenía que ir. Cuando me despedí, cada uno me dio un abrazo fuerte, como si fuera el último o tal vez el primero.

REY

jueves, 26 de marzo de 2009

largo aliento I

llegó a su casa y sintió el olor a café de toda la vida. aspiró fuerte y a la vez suave, como creyendo firmemente que con ello sería suficiente.

Se sentó a escribir, ya no ante la hoja en blanco, sino ante el ordenador blanco, y en cuanto lo hizo no pudo más que escribir la historia de sus tías, una historia que no podría haber terminado en una o dos o tres semanas. Porque su historia, sus historias, eran de largo aliento..

así que escribió y escribió. cuando se dio cuenta, afuera ya no era primavera, habían caído algunos remedos de nevada y la puerta se había atascado. tendría que salir a comprar algo de café y tal vez un pan. el pequeño changuito que saltaba de un lado a otro durante la turbulencia mientras escribía, pensó que lo abandonaría.

se lo llevó consigo. qué más podría haber hecho.

REY

Trazos

Heredé la locura de alguna de mis tías. paternas, por cierto. desde que tuve uso de razón siempre oí a mi madre decir, que todas estaban bien locas. teníamos poco contacto con ellas. debió mi mamá pensar que entre más alejadas estuvieramos de esas mujeres extrañas, menos probable sería contagiarnos, nosotras, sus hijas, de aquello que tanto criticaba.

Sólo frecuentábamos a Domitila, la menos. La de las cenas en navidad, la familia perfecta y la sonrisa más franca que he visto jamás en mi vida. Dicen que me parezco un poco a ella en el pelo y cada vez que hablamos mis hermanas y yo sobre ellas, peleamos por el lugar que por nacimiento nos correspondería compartir con las tías. Ser como Mamá Milita, como era que le decíamos, resulta siempre el conflicto. También nosotras somos cuatro mujeres, intercaladas con el nacimiento de los varones, justo igual. Como si fuera una marca del destino.

Beatriz, Cirenia y Rosario quedaban fuera. Nadie disputaba su sitio. Eso, hasta hace poco.

Esporádicamente ibamos a la casa de Beatriz, la tía pollitos. el apodo se lo ganó un poco por juego de nosotros o otro tanto porque en su casa, grande, grandísima, tenía todo un ejército de animales. Gallinas siempre con sus crías siguiéndolas por todo el jardín; pajaritos en sus jaulas cantando; perros; gatos; pavoreales; conejos; guajolotes para fin de año; toda una alegoría del mundo contenida en su patio. Dicen que de eso murió. De alguna infección que contrajo.

En fin, que a estos dedicaba todos sus días e incluso sus noches, después de que hubiera muerto su último marido y que sus hijos ya grandes emigraran hacia otras casas, mismas que ella, se encargó de comprar. De su persona se decía toda clase de historias. Por lo menos se había casado unas cuatro veces, y las parejas ocasionales, como suspicazmente decían los comentarios, nunca se contabilizaron con exactitud. Algunas por viudez u otras por falta de empatía, pero la cosa es que no murió acompañada, eso sí puedo decirlo, yo estuve ahí.

Tuvo varios hijos, no de un sólo marido, como bien se puede deducir y mi madre con desaprobación nos contaba que nunca se iba de las fiestas sin que llegaran los mariachis en la madrugada. Iba sola e igual se desaparecía.

A mí me acariciaba el cabello y me prometía un conejo siempre que la visitabamos. Nunca llegó ese día. Incluso cuando murió pensé que en su testamento me incluiría y dejaría a mi cuidado sus roedores de orejas largas. No, no fui mencionada y creo que eso figura como el origen de una de mis carencias infantiles.

En su velorio estuvimos pocas personas. Nadie lloró. Por supuesto no vino ningún marido. Yo pensé que siquiera le hubieran traído a uno que otro animal, pa que la acompañara. Su ataúd se fue sólo, sin cortejo ni arreglos florales.

Cirenia murió soltera a los 90 años. Postrada en una silla de ruedas a causa de una úlcera varicosa que la trajo de casa en casa de sus hermanas. Permanecía en cada lugar un tiempo, hasta que su mal genio y su deseo perenne de mandar en reino ajeno, hacía que quien la alojara le pidiera cortesmente que desalojara. Tuvo varias propiedades, que compró con dinero de todos los trabajos de su vida.

Cinco o seis casas que le valieron que pudiera vivir su vejez sin preocupaciones monetarias, no así con las afectivas. Ni un hijo tuvo. Y dicen que en su locura y altivez dejó pasar uno, dos, o tres buenos partidos. Así era común que les llamaran a los maridos. Vino a tanto su orgullo que en el altar dejó plantado al último. Con traje blanco y todo, se negó a último momento a salir de su casa. Mi padre, su hermano pequeño en ese entonces, recuerda que a piedra y lodo se encerró en su cuarto sin que hubiera quien pudiera sacarla de su empecinamiento.

A él no volvieron a verlo por su casa y ella siguió su vida. Sola y orgullosa, tal como terminó un primero de noviembre. Mismo día de su cumpleaños.

Con Rosario fue otro cantar. Ella en verdad sí que era guapa. Lo supe años después de que murió por una foto que encontré en los secretos olvidados del baúl de casa. Empecé a husmear entre tanto recuerdo y me apareció de pronto. Sus ojos me miraron de inmediato. La imagen era clásica y antigua. Ella permanecía en un estudio fotográfico con un vestido que dejaba ver su delgada figura. Altiva se recarga apenas en un banco. Sobre su cabeza y un poco ladeado, un sombrero de hombre la cubre un poco. Sus manos en el regazo y su semblante que quiere parecer nostálgico, a orden expresa del fotógrafo seguro, se delata con una pequeña sonrisa llena de ironía que le sale de las comisuras de la boca.

De ella oí más historias que de ninguna de las otras tres. Se decía por ejemplo que escandalizando a todo su mundo familiar, se había ido a París empacando apenas unas cuantas cosas. Dicen que tras un hombre que le ofrecía enseñarla a pintar y quizá otros secretos de la vida. Lo cierto es que se fue, con 17 años encima y ni siquiera la bendición de uno de sus padres.

A su regreso, tal vez uno o dos años después, sus hermanos y sus padres, esperaban que la sombra del arrepentimiento la hiciera pedir perdón para volver a ser aceptada en su casa. Nada de eso sucedió. Ni pena, ni nostalgia, ni perdón, nada había en sus ojos, menos aun en sus labios rojos y carnosos que se abrían para contar todo lo que había conocido.

Guturalmente les decía a todos te amo, en el idioma nuevo aprendido y se instaló sin mayor cosa en su antiguo cuarto, desalojando a un hermano a puntapies. Así era ella. Con su vuelta también hubo la imposición de nuevas reglas. Mis abuelos querían a toda costa que no se convirtiera en la verguenza de la familia. Procurarían a partir de ese momento que se rodeara de buena gente que la ayudara a enmendar su camino.

Lo lograron a medias. Se casó a los 20 con un hombre que todo lo que hizo bien fue ponerle dentro a una niña que después medio se encargaría de ella pocos días antes de morir.

A la niña, mi prima, medio la crió enmedio de lápices para dibujo y grandes charlas con amigos extraños. Para mí fue lejana todo el tiempo. Hablaba mucho y sus formas me molestaban un poco porque dentro llevaban sarcasmo implícito aun sin que viniera al caso.

Quería saber todo y tenía un comentario irritantemente certero para cada situación. Era ya vieja cuando yo la conocí y por más que buscaba la belleza que mi familia pregonaba no lograba encontrarla. Me parecía sucia y un poco desaliñada.

El hallazgo llegó como a dos años de su muerte, cuando su hija, no tuvo mejor destino a las cosas de su madre que dárselas a mi padre, único hermano de esa larga estirpe que vive. Se las dio en un baúl viejo y oloroso a viejo. Yo lo espulgué y encontré entonces todos esos dibujos a lápiz que hizo durante su vida. La precisión en sus trazos hizo que toda la percepción que tenía de ella empezará a cambiar.

Al fondo de aquella caja secreta estaban las historias escritas que ahora leo. Me cuentan la verdadera historia. No aquellas fáciles de la locura superficial con la que era juzgada. Su mente buscó nuevas salidas, muchas más que las que encontraba deambulando con su bolsa del mandado en largas caminatas.


Llevo dos. Suficientes por ahora.

martes, 24 de marzo de 2009

viernes, 20 de marzo de 2009

La que sigue no es una historia de desprendimientos ni de fantasmas que se aparecen apenas cae la noche, es tal vez de imaginación que se desborda o de dosis de locura que ha comenzado a ser incontrolable.

Iba llegando a casa. Lo mismo de siempre, el policía idiota abriendo y cerrando. Fijándose en las horas en que uno llega o se va. Lo vi de lejos caminar hacia la salida. Las manos en los bolsillos y la vista fija. Se dirigía a la tienda, eso lo tengo bien seguro. Pantalones negros y su camisa de cuadros, blanco con azul. No pareció reparar en mi presencia y como en una búsqueda de atención intenté echarle las luces o dar un ligero apretón al claxón. Nada hice. Hubiera violentado sus pensamientos.

A un metro estaba de mí. Cierta estoy. Seguí. Esperé, un poco por ver si era verdad que no me había visto llegar en su huida hacia la tienda.

Bajé con calma del coche. Subí las escaleras con jadeos. La puerta se abrió fácil, sin espera a la llave del picaporte. Voltee al sillón y ahí estaba sin moverse. Cómo hizo para llegar. Corrí casi a la ventana a ver si distinguía al que volvería de la tienda. Nada ví. Nadie volvió. Cómo hizo.

Ahora mismo escribo esto y me pregunto a quién oigo escribir en la sala. Hay un leve temblorcillo en mi vientre. Fue real? o sólo ficción? que alguien venga y me ayude o por lo menos me dé un tofranil para poder dormir hoy. Al menos hoy.

REY

Coincidencias afortunadas



Este es un mofle. Un mofle para Chevy. Mi chevy. Un chevy que yo tengo y que hasta que se me rompió y azotaba en el suelo haciendo un ruido infernal desgarrando el pavimento, descubrí que tenía uno de esos.

La historia es un poco de coincidencias. De esas que de pronto me ocurren o suceden en mi entorno. La cuento así sin grandes preocupaciones por mi gramática, ni por la hilación que pudiera brincar hacia la todavía inalcanzable literatura.

Vale, vale pues, ya voy..

Iba en camino a ver a mi padre. El sonido que traía últimamente cuando manejaba se me había hecho ya incluso un poco familiar. Como el del arranque de un carro de carreras. Se soltó de pronto un largo fierro que arremetía en contra del suelo. Me paré, revisé un poco debajo del carro con la esperanza de que con un alambre o algo parecido pudiera amarrarlo y seguir por lo menos un par de cuadras más, que eran las que me faltaban para llegar a mi destino.

El tubo se desprendió por completo y a la mitad del coche y por debajo hizo casi imposible que pudiera siquiera intentarlo. Me subí y avancé despacio, un poco con la zozobra de que se fuera a atorar con un tope o con el piso mismo.
Así llegué al primer taller mecánico. Le dije al que ahí estaba, recargado en una camioneta, si me lo podía componer. Se asomó un poco y con parsimoniosa calma, propia del oficio, me dijo que no, eso era en los mofles.

Con algunas indicaciones me dijo cómo podía llegar a dos. Uno en la avenida principal y otro más detrás casi de la casa de mi padre. Opté en un arranque de decisión, por el segundo. Fui allá. Viví por casi 28 años por esos rumbos, pero nunca se me ocurrió ubicar en donde carajos podía haber un moflero. Así es que manejaba despacio buscando cuando un golf blanco que venía en sentido contrario a mí se me emparejó. Bajó su ventanilla y me dijo, se le rompió el mofle.

Un poco distraída y casi agradecida de que alguien se diera cuenta de mi desgracia, le dije, sí, de hecho estoy buscando a donde arreglarlo. Sin mediar muchas más palabras me dijo, yo se lo arreglo. ¿?¿?

¿Cómo? -Sí yo se lo arreglo. ¿pero en dónde? - en mi taller, yo voy ahora mismo para allá. ¿ y cuánto sería? - sólo tendría que soldar. 50 pesos. Va. Fue toda la negociación.

Acepté. Un poco de desconfianza quizá tuve, pero en este tiempo qué más podría perder. Pasé a dejar la comida para que mi padre y lo seguí, sin ninguna certeza y ni la menor idea de donde pararíamos. Dijo la 34 y hasta esa calle fuimos.

Con la mano fuera de la ventanilla me dijo donde debía entrar y efectivamente, un taller moflero. Estaba otro chavo más o menos de su edad. Soldaba un mofle y al verme me dijo, sí que hace ruido tu coche eh?

Un poco, sí.

Le dijo al otro cómo es que debía acomodarlo y lo suspendió en dos rampitas. Me dieron un banco a la sombra y esperé. Hice un par de llamadas para decir en dónde me buscaran en caso de que decidieran secuestrarme. Je, nada de eso pasó. El mofle quedó listo en menos de 10 minutos. Todavía quedó tiempo para que platicaramos un poco. Me dijo que pasó por el lugar en donde me encontró porque fue a lavar su coche y lo retrasaron un poco, nos reímos y le dije que había sido mi ángel de hoy.

Extrañas coincidencias. Afortunadas algunas. Vale, mi mofle y el auto como nuevo para mí; 50 pesos y la promesa de volver por el silenciador para ti. A mano.

REY

jueves, 19 de marzo de 2009

Se me viene entera


Cada vez que abro la foto, la bocacalle se me viene encima. El punto de fuga sucede justo donde termina una chimenea humeante de la zafra de esa temporada. Gris, alta y como un obelisco humilde nos mira, digo nos mira, porque se presta a dos mundos el que sucede en el interior de la foto, ese que se detuvo cuando fue plasmada la imagen; y el mío, que sube y baja, se mueve y se detiene cuando estoy de frente a ella.

De la vida y movimiento se encarga un pequeño grupo en la parte inferior izquierda. Son por lo menos siete niñas. Visten de colores llamativos. Blusas verdes, iguales al color de los globos que mecen en sus manos, sus pantalones o faldas no se distinguen. Serán de mezclilla, quizá, ó de algún trozo reciclado de cortinas que su madre cortó para ellas. Las edades son un poco imprecisas. Podrían ir de los 8 a los 12 tal vez, pero sus pequeñas formas con vísperas de desarrollo son diseñadas para engañar. La mirada tierna para cautivar a las familias o seductora para conquistar a los turistas hambrientos de núbiles cuerpos.

Juegan en tanto. La tarde pardea y entre la luz que va perdiendo ante la oscuridad, el cielo se ve nublado por la chimenea que suelta de repende alguno que otro estertor lleno de hollín. Las nubecillas grises que se forman en las alturas del hoyo que las deja salir se esparcen pronto. Bajan y se empiezan a confundir con las casas. Forman parte de ellas.

La tarde se muere y la vida apenas empieza. Ha terminado la jornada y todos, los habitantes de esta calle se han apresurado a secarse el sudor, comer malanga, un trozo de cerdo comprado en el mercado negro, beber agua o algún zumo que les permita el carnet.

Dentro de un rato se reunirán en el patio del segundo edificio de la izquierda. El verde. Dentro, los hombres jugarán dominó y beberán ron. Hablarán tal vez, los más viejos, de los cambios que ha habido en la isla. De las traiciones a la Revolución, de las nuevas políticas, de que todo tiempo pasado fue mejor. Todo esto a voz en cuello, que pretenderán de pronto acallarse entre ellos para que no los escuchen. Para que no los oiga la guardia y eche a perder la partida de hoy.

En el radio se oirán los Bam-bam con una rola que no recuerdo bien.

Las mujeres se entretendrán con una charla interminable. Se harán aire con un abanico improvisado, por el cuerpo, aun enmedio de las piernas. Las más jóvenes y guapas miraran a los grupos de hombres iniciando un sencillo jugueteo amoroso. Otras, con 24 años o menos, pensarán que el tren de la vida se les ha ido y que dificilmente encontrarán marido.

Me olvidaba, ¿Las niñas? LLenaron los globos de agua. Ahora se los avientan con carcajadas intensas, divertidas, ajenas. Para ellas la vida apenas comienza.

REY

jueves, 12 de marzo de 2009

Para ti

Hoy mi escritura es sólo para ti. Tú, que estas ahora mismo detrás de mi mente y delante de una computadora. Tienes de frente el ordenador y no puedes despegar la vista de las letras. Quieres saber qué tengo que decir. Es más, como ya te dije que está dirigido te acomodarás un poco y quizá acerques la cara. No permitas que nadie lo vea. Hoy sólo lo leerás tú. Sabrás entonces cuánto pienso en todo eso que hemos pasado juntos. En cómo he descubierto quién eras aún sin que me dijeras una palabras. En tu voz al teléfono. En tus historias contadas para los demás, y que hablan de seres casi siempre reales, de huracanes que destruyen, de mujeres que fingen no amar.

Te deleitarás pensando y, mejor aún, sabiendo, que has marcado un hito en mi vida imposible de deshacer. Te conocí y ahí empezó una larga carrera de descubrimientos y momentos. Me gustará entonces a mí también recordar tu mano sobre mi cara en algún parque. Perdidos entre las bancas y musitando por lo bajo planes inconmensurables.

Razones. Lealtades. Sueños. Largas noches. Platicas intensas. Sólo ojos mirándonos.

Espera, no he terminado. Se me ocurre que podemos ahora cerrar todo contacto con el mundo y tomarnos de la mano. ¿me tienes ya? ahora camina, ven, sueña conmigo y desandemos el camino. rememoremos todo lo que nos hemos regalado. Todo el tiempo. El vino que hemos bebido. Los besos. La piel. Las largas pláticas casi de madrugada cuando las casas apagan su luz. Las interminables horas que hay que esperar para poder llegar a la playa.

Estoy cierta que cuando conocemos a alguien lo hacemos parte de nosotros o lo olvidamos por completo. No hay otra posibilidad. Así. Me gustó que te adhirieras a la piel como un caparazón al que voy cuando el mundo se empeña en convertirse en un adversario. Sólo tu voz me calma. Lo sabes verdad?

Cuántas lunas hemos visto? Las has contado? Cuánto café? Cuántas flores? Cuántas complicidades?

¿Te vas ahora?

Cambiarás de página en búsqueda de algo más que te diga cómo hacer para no olvidar ser feliz? Vale, pero de vez en vez, asómate por aquí porque:

"ni un dejo de sobriedad habita aquí dentro..."

REY

miércoles, 11 de marzo de 2009

Cuídate, adios y buena vida..

(una despedida, la mejor que he tenido en el msg, de una conversación con una ella, con la que hacía mucho no coincidía)

Buena vida para tí también, le dije, pero estaba ya sin conexión.
Un día hace muchos días, pensó que sería bueno permanecer en las escalinatas por horas bajo el sol esperando que saliera. Ver así todos sus movimientos, con quién hablaba, leer sus labios, seguir su pista. Puras estúpidas obsesiones resultado de ingratos celos.

Lo hizo. Sólo consiguió una insolación y que el sol resecara aún más su mente.

REY
Si no te escurrieran los mocos al llorar,

llorar estaría perfecto.

REY

martes, 10 de marzo de 2009

Los sabores de la niñez

¿A qué te sabe tu niñez? A mí, a arroces frescos, caldos a punto, moles de todos los colores, sopas reconfortantes, atoles para sanar cualquier resquebrajamiento, pan horneado, tardes echadas con la espalda pegada al pasto mirando las formas de las nubes, a soledad, a padre ausente, patios grandes, tierra, pasteles oportunos...

Mi madre siempre olía a comida. Estoy cierta que si hubiera chupado o mordido uno de sus dedos algún sazoncillo habrían de tener. De sus manos grandes y un poco regordetas se desprendía un intenso aroma a ajo o cebolla o chiles verdes o epazote fresco. Todos ingredientes para sus menjunjes.

Su comida nos llenaba la panza todos los días. Era un laberinto interminable de sabores que paladeabamos con alguna tortilla o varias o con pan recién comprado.

Todo un ritual el que se celebraba en su cocina, uno en el que yo nunca participé, pero desde afuera me llegaba el incitante olor que hacía que adivinaramos los guisos.

Iniciaba en la mañana cuando tras desayunar nos preguntaba qué era lo que habría de hacer para la comida. Todos, sus siete hijos, evadíamos la respuesta con un "lo que sea, todo te sale rico", aburrida e impaciente nos decía, pues si no les gusta se lo van a tener que comer. Je, era una trampa, lo sabíamos perfecto. Sabíamos que buscaría sorprendernos llevando a buen fin cualquier empresa culinaria que se hubiera planteado.

Caminaba sola hacia el mercado del barrio. Uno que hasta hace algunos años brillaba de colores en sus puestos. Jitomates, cebollas, calabazas, lechugas...todo aquello era calado en sus manos. Regateaba un poco. No importaba si las cosas bajaran su precio o estuvieran por encima. Ella intentaba ese juego con el marchante a fin de que el aburrimiento acabara por cercenarle un cacho de alma.

Regresaba entonces con una bolsa llena. Acomodaba diario lo comprado y cocinaba. Entre que había que darle sazón a esto o deshebrar aquello, o hacer la salsa para acompañar, se le iba la mañana. Sus manos iban impregnándose.

Al volver nosotros, nos servía en platos blancos adornados exígüamente. Devorabamos todo aquello: Un arroz rojo con chícharos y zanahorias que acompañaba de tortitas de carne en chile verde; sopa de fideo con caldo de pollo, de guisado milanesas empanizadas con papas fritas; huevos ahogados en vigilia o tortitas de papa; si el guisado era caldoso, la sopa debía ser seca y a la inversa funcionaba también. Eso sí lo aprendí perfecto.

Al terminar nos recostabamos un poco en la tarde. la idea era tener una pequeña siesta. Acariciaba entonces mis cabellos despeinados siempre y me canturreaba de niña alguna cancioncilla. Yo me dejaba un poco. Paseaba entonces el olor por mi cara y uno que otro dedo jugueteaba con mi nariz o mis mejillas. Yo la sentía, sus manos no tan suaves y un poco burdas para acariciar.

Aspiraba su olor. Lo pegaba, sin saberlo aún, a mis recuerdos. A los olores y sabores de la niñez

REY

lunes, 9 de marzo de 2009

Quizá...lo mejor sea que yo...









Ó mejor... Depende.. Hoy Todo depende

jueves, 5 de marzo de 2009

Empeño

Cuando la tristeza, el olvido, o el extrañamiento nos hacen presa de sus lazos, todas las cosas que nos rodean cobran de pronto vida propia: el radio se apaga, los girasoles se doblan, los globos se desinflan, los libros se empolvan, el aire se estanca. Todo eso es normal.

Pero cuando una bailarina baja su pierna, se pone en huelga y no quiere danzar más nunca ese ritmo que la mantiene viva y sostenida, ahí sí hay que preocuparse y buscar con empeño y por todos los medios que vuelva a bailar.


REY

Solos, como el que más..

La verdad es que aún me perturba ver gente hablando sola en la calle. Todos los días por lo menos veo a 10 o 20 que van en sus coches o a pie en las aceras. Toman café o refresco o alguna que otra bebida. Se visten igual a la mayoría y caminan apresurados o con pesadumbre a lo largo de estas calles. No importa su condición social tampoco, pueden ser ricos o pobres o clasemedieros como yo. Sus rostros tampoco son especiales, van de rasgos afinados a facciones impregnadas de nuestras más profundas raíces; afeminados, altos, gordos, interesantes, raros, prejuiciosos, de todos tipos.

Pero hoy precisamente fue un día especialmente característico. Caminaba sobre México-Tacuba a pocos pasos del metro San Cosme. Se me hacía un poquitìn tarde así es que casi volaba para tomar un taxi. Pasé junto a una señora alta y flaca que desesperada hablaba y hablaba. Nadie iba a su lado. Me detuve un instante olvidando mis desesperos y miré a su alrededor para comprobar quien era el blanco de sus ajetreados movimientos de manos y su voz a punto del llanto. Nada, sólo transeúntes como yo. Indiferentes como yo. Apresurados.

La mayoría la ignoraba. No hubo quien se detuviera a preguntarle qué carajos tenía o por qué gritaba de esa manera. Yo que sólo alcanzaba a ver la mitad de su rostro, busqué verla de frente y con el cable que colgaba de su oreja me explicó todo sin decirme nada. Estaba hablando por teléfono. Su manos libres la salvaba de la vida que giraba en torno a ella sin que pareciera darse cuenta.

Me fui. El día fue tranquilo. Salvo uno que otro sobresalto. Ya de salida, tomé un taxi, no sin cierto miedo de tener que viajar al menos 20 minutos junto a un desconocido, (paranoia pura y dura). Me apoltroné en el asiento y eleve una que otra plegaria para llegar a mi destino.

El chofer iba escuchando música y al subir yo le bajó un poco. Todo lo que intercambiamos fueron un par de instrucciones para llegar a casa. Durante el trayecto él también empezó a hablar bajito como para sí. Volteaba un poco la cara hacia afuera y yo veía y oía su voz en pequeños susurros que se encubrían con el ruido de su música.

No pasó nada y llegué sin mayor cosa al lugar que le había indicado. Pagué y a propósito esperé mi cambio del otro lado de la ventanilla.

Busqué y busqué con la mirada algún cablecito que me mostrara que venía hablando por celular. Eso hubiera calmado un poco las ansias. Ël no traía nada. Esta vez sí me había subido con un loco que con un manos libres o sin el hablaba a discreción cuando quería.

Con mi cambio en la mano, me alejé pensando en lo solos que vamos todos. Sólos como el que más..

REY

siga los pasos

Mucho cuidado al poner agua, café suficiente y delicioso, cerrar bien y no despegar la vista hasta que esté listo. Esas son las instrucciones de hoy. ¿Después?

Después Dios dirá.

REY

martes, 3 de marzo de 2009

lunes, 2 de marzo de 2009

Depende

Philiph Roth

Así me inicié con Roth:

1.- Elegía
2.- Patrimonio
3.- El teatro de Sabath
4.-El pecho
5.-Cuando ella era buena
6 El lamento de Portnoy
7 Conjura contra América
8 El animal moribundo
9 El profesor del deseo

¿Alguien tiene una mejor apuesta?
REY

"El cartero siempre llama dos veces"

Otra vez me pasó, lo leí justo cuando debía, ni más ni menos. Ahora quiero ver la peli, no importan mis rudas convicciones de que literatura y cine son dos géneros distintos y aparte. Por pura curiosidad la veré. Por cierto:

El cartero llamará siempre, hoy y siempre...sólo contéstale...

REY

Voyeur (Sólo ficción, si es que hiciera falta precisar)

Estoy mirando desde el boquete de mi zotehuela a una pareja haciendo el amor en el edificio de enfrente. Ella está de espaldas a él mirando hacia la calle. No puedo ver sus ojos, no tengo la certeza de que estén cerrados o abiertos, no sé qué estarán pensando, pero alcanzo a ver una ligera sonrisa que le sale de entre las comisuras de los labios.

De él sólo veo su pelo, un trozo de cara y sus manos incesantes que se mueven por sus pechos, su vientre y...y por más que me subo no veo más. Están recargados en un lavadero. Se mueven lento y rítmicamente.

La ropa que cuelga de su tendedero de pronto los interrumpe y ellos sin atreverse a perder la concentración la apartan y siguen el juego. Llevamos 10 minutos, digo, llevamos porque no me puedo despegar de ahí, sin saber cómo terminan. Ha sonado el teléfono, y lo he ignorado, tocaron el timbre y he fingido no escuchar.

Ella de pronto voltea y queda su rostro frente al de él. Lo toma entre las manos y le dice cuánto lo ama, (seguro que eso le dijo), él, el hombre, no le dice nada, le pasa la lengua por los ojos y la besa larga y profundamente. Con eso le dice que el amor es como ese beso. ella no sabe que quiere decir, quizá él tampoco. ¿Cómo sé lo que se dijeron? Pues porque yo tengo un lavadero igual en casa.

REY