Si hiciera un recuento de cuántas mujeres he conocido en mi vida, me remontaría a mi nacimiento, en donde lo primero que vi fue unas manos de partera recibiendo mi cuerpo. crecí entre una presencia femenina que de vez en vez me abochornaba. cuatro hermanas y una madre. siempre en casa. los hombres se hacían de pretextos bastante útiles para salirse y olvidarse de nosotras. pese a mi corta edad, mi mirada de envidia los acompañaba hasta la salida.
construíamos nuestro mundo y universo femenino, y yo iba aprendiendo de ellas. las miraba ponerse pantalones entallados. blusas que pasarían de mano en mano, o más bien de cuerpo, en una herencia imposible de romper. llegaban a mí cuando aún era flaca y escuálida, lo suficiente como para salvar el espacio con playeras holgadas.
me mimaban como si fuera un juguete y yo aprendí a espiarlas en su mismo espacio sin que sintieran que mi presencia las incomodaba. descubrí entonces antes que ninguna de mis amigas en el kinder, cómo es que usaban sus sostenes o sus zapatos de tacón. aprendí también a sentarme con las piernas bien apretadas, una junto a la otra, cuando usaba las faldas que me obligaban a ponerme sin que parecieran darse cuenta de que mis juegos las rechazaban. una niña no debe hacer esto o aquello. la repetición me hizo sorda y opté primero que nada por usar pantalones. sí, sólo pantalones y playeras que ocultaran las formas incipientes que se iban formando en mi cuerpo. los robaba del closet de mis hermanos y los vestía debajo de mis vestidos.
desperdicié mis ensayos, que hacía cuando niña, con sus zapatos altos, para calzarme todos los días unos tenis, en esos tiempos de moda, y que tenían cierto toque masculino. me veían con reprobación y en algunas ocasiones la negativa por usar sus pantimedias en las reuniones familiares me hicieron acreedora a un par de buenas regañizas que yo manejaba bien inundándome en llanto para que me dejaran en paz. funcionaba bien.
en medio de mi adolescencia y con toda la carga que esa etapa de la vida a todos nos pega, aprendí a mostrar mi rebeldía hablando como mis hermanos. a contestar con un sinnúmero de horrendas palabras, a decir de ellas, que adornaban mi vocabulario. veía como se sonrojaban cuando las decía enfrente de sus novios y me reía para mis adentros. ellos, por su parte, festejaban mi atrevimiento y la escena que se seguía era invariable, siempre la misma. me recluían en mi cuarto. sin cenar y con el ánimo aún caldeado, abría de par en par la ventana y con un cigarrillo en los labios saltaba hasta la azotea en donde podía pasar horas enteras leyendo o escribiendo cartas destinadas a no ser leídas.
nunca he usado un barniz de uñas y mis confidentes más cercanos han sido un par de hombres que me encontré cuando fui e a la universidad a estudiar una carrera, para hombres. escogí a los mejores y nunca me acosté con ellos por el sólo temor de que eso pudiera empañar nuestra amistad. pasábamos días y veladas enteras hablando. Marx y literatura eran los temas que no podíamos evitar. ahí rehuí en lo posible cualquier trato con mujeres, con el que tuve en casa había sido más que suficiente.
pasó el tiempo, nos fuimos alejando un poco. cada una preocupada en construir lo que habría de ser su vida. entre la distancia que nos separa y las angustias cotidianas pasaban meses antes de que nos volviéramos a ver.
lo más curioso es que ahora justo cuando ya han hecho su vida y sus hijos ya son jóvenes, han venido a buscarme. me piden consejos acerca de cómo solucionar sus fracasos matrimoniales y me hacen un recuento de lo triste que ha sido su vida al lado de hombres que las encarcelan sino en su casa, sí con fuertes dosis de amarres sicológicos. yo las escucho paciente, sé de antemano que no tengo nada que decirles; a ellas, las que me aconsejaban cómo es que tenía que comportarme para conseguir un buen marido.
REY
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